Imaginarios culturales en torno a la drogadicción (I): definiciones, categorías e instinto de supervivencia.

Casi cualquier debate corre el riesgo de caer en la siguiente encrucijada: el vaciado conceptual de los términos mismos a debatir y la mera polémica por la polémica. Si bien es cierto que esta dinámica puede resultar entretenida e incluso en ocasiones consigue animar la decadencia de un día venido a menos, a lo cual no me opongo en absoluto, también conlleva el ejercicio de separar o discernir las implicaciones de qué y cómo hablamos. Hace muy poco, la presidenta de la Comunidad de Madrid verbalizaba su firme oposición a las drogas, así en general, y a la dependencia que generan entre los consumidores. Rápidamente, reacciones de todo pelaje se precipitaron a hacer su contribución a la causa. Fueron muchos los usuarios de redes sociales que señalaron la impertinencia y profundo desconocimiento del que hacía gala esta persona, recordando cómo la ciudad de Madrid, sin ir más lejos, afronta un escenario dramático derivado de la proliferación desmesurada de casas de apuestas en los distritos más económicamente desfavorecidos. Por otra parte, hubo quienes cayeron en el cepo bien tendido de la carismática presidenta y se alinearon con la aparente sensatez de sus palabras: pues parece cierto que el poder nos quiere drogadas, sumisas, anestesiadas, así que digamos NO a las drogas y SÍ a la revolución. Entonces… en qué quedamos… compramos o no el argumento… a ver… ¡YA! Hasta aquí, para el carro. ¿De qué estamos hablando?

Pasado el acaloramiento, habría que señalar el motivo por el cuál llegamos a la controversia en cuestión, que no es otro más que la pregunta acerca de la posibilidad de regular el uso del cannabis medicinal: un debate social, médico y jurídico que afecta al estatuto de vida digna de muchas personas. Preguntémonos entonces: ¿de qué hablamos cuando hablamos de dependencia a las drogas?, ¿qué es y qué no es una droga?, ¿lleva indisociablemente adscrita la categoría Droga la sombra de la dependencia?, ¿cómo se organiza el entramado entre Droga y Revolución? Sí, sí, me disculpan, ya sé que demasiadas preguntas y demasiado ambiciosas, pero quisiera aprovechar este suceso para de forma interesada desplegar algunos puntos que considero de relevancia colectiva y, por qué no decirlo, también personal. De esta manera, me propongo desarrollar una serie de artículos que aborden con brevedad y la mayor claridad posible aspectos muy concretos de la relación entre droga, adicciones e imaginarios culturales. Como es inevitable, el rigor quedará supeditado a la intención de divulgar y compartir preocupaciones con interlocutores varios, más que a la búsqueda de afirmaciones absolutas. Y bueno, de aquí en adelante, continuo con el primero de esta serie.

Preguntémonos entonces: ¿de qué hablamos cuando hablamos de dependencia a las drogas?, ¿qué es y qué no es una droga?, ¿lleva indisociablemente adscrita la categoría Droga la sombra de la dependencia?, ¿cómo se organiza el entramado entre Droga y Revolución?

Los interrogantes planteados unas líneas más arriba requieren, previo abordaje, definir las categorías que vertebran su articulación, lo cual supone una tarea complicada y cambiante, según los enfoques que decidamos priorizar. «En los últimos veinte años el término “adicción” se ha vuelto impreciso, de modo que ahora uno puede ser adicto al trabajo, a tomar el sol o a los masajes»,[1] señala Andrew Solomon en su extenso libro sobre la depresión. Y quién no ha pensado alguna vez que determinadas conductas que realiza cotidianamente han pasado a convertirse en un problema, ya sea de tipo económico, relacional, laboral o de salud. No obstante, estaremos de acuerdo en que el hábito y la compulsión no son lo suficientemente concluyentes para emitir un diagnóstico que certifique como adictivo un modo de consumo. En cambio, si invertimos o pervertimos el argumento, quizá lleguemos a anticipar una conclusión que nos indique cuán diversificados se han vuelto estos procesos, sobre todo a partir de las dinámicas inducidas por la digitalización de los entornos sociocultarales.

El teléfono móvil se ha convertido en el accesorio imprescindible a la hora de organizar la vida en conjunto y el ocio en particular, unido casi siempre a la ingesta de otras sustancias. Es el medio desde donde acceder a un local, una fiesta, un evento programado; el amigo inteligente capaz de conseguir casi todo, mercancía o compañía, en un breve periodo de tiempo; la superficie sobre la cual estirar las rayas de coca o speed, listas para ser esnifadas; el objetivo con el que inmortalizar la pastilla de éxtasis con forma de corazón antes de hacerla descender por la garganta; un dispositivo capaz de registrar, fragmentar y compartir aquellas experiencias drogadas procurando su congelación. Todas estas circunstancias quedan bien documentadas en la infinidad de series que pueblan las plataformas del mainstream. Para el usuario de Netflix, por ejemplo, no puede pasar inadvertida la descomunal proliferación de tramas audiovisuales que se articulan sobre el consumo de drogas y que resultaría inabarcable enumerar aquí. Solo llamar la atención sobre la interdependencia entre el contenido en sí mismo de los productos, las características materiales de su elaboración y los modos en que nos relacionamos con el formato terminado para una placentera degustación desde el sofá, la cama o el asiento del transporte público.

Uno de los más agudos teóricos sobre la cultura digital, Geert Lovink, señala cómo nuestra (supuesta) «cultura del diseño de hoy es una expresión de nuestras vidas intensamente prototípicas. Somos los adictos a la experiencia que desean exprimir los placeres de la vida […] Queremos mucho y hacemos tan poco. Nuestro estado precario se hace perpetuo».[2] ¿Somos todos adictos? No, no lo creo. En absoluto. Me opongo a las tesis que emplean la metafórica de la adicción y el análisis diagnóstico para describir las formas contemporáneas de habitar y proyectar la subjetividad. Toda tesis sobre la adicción que evite problematizar la categoría Droga juega a la delicada confusión entre los dominios de lo alegórico y la incierta posibilidad de una enunciación concluyente. La adicción como metáfora de estados de ánimo y patrones de comportamiento no es una apuesta lo suficientemente seria para ilustrar «lo que nos pasa», si es que algo pasa. Décadas atrás, parecía que el diagnóstico de las adicciones estaba científica y culturalmente mejor delimitado, véanse los casos relativos a los devastadores estragos derivados de la heroína o la metanfetamina. Sin embargo, cuando el vocablo ha ido poco a poco expandiéndose por los imaginarios de la cultura digital para aludir a múltiples y cambiantes situaciones, parece haberse encasquillado su precisión. Pero con el objetivo de no quedarnos atascados ahí, avancemos un pasito más: en la medida en que resulta difícil discernir entre una costumbre o un hábito susceptible de ser patologizado, veamos qué observación plantea el psiquiatra Peter D. Kramer acerca de diferentes tipologías de consumo de sustancias en su famoso libro sobre el Prozac:

No creo que sea posible observar transformaciones […] sin preguntarnos tanto si los que abusan de las drogas callejeras no se están automedicando una enfermedad no reconocida, como si los que usan medicamentos prescritos no están, con el permiso de su médico, estimulándose y calmándose de manera totalmente similar.[3]

Ya tenemos claro que ni siquiera un diagnóstico o una prescripción médica pueden ser plenamente concluyentes a la hora de definir qué uso hace un determinado sujeto de una droga. Y se estarán preguntando entonces «¿tanto rodeo y tan poca definición?». A ver, vamos a intentarlo. La fuerza que interesa poner de relieve de la categoría Droga es su encomiable efectividad, casi democrática, me atrevería a decir, en cuanto sustancia (material o inmaterial) que no contempla diferencia alguna entre cuerpos, no establece distinciones de índole particular salvando algunos efectos secundarios imprevisibles. En la medida en que molecularmente invade un organismo, la pureza con que se propaga y actúa la convierten en un agente privilegiado de alteración, modificación y dispersión del cuerpo y la mente. Ahora bien, ¿hacia dónde nos conduce esto?

La fuerza que interesa poner de relieve de la categoría Droga es su encomiable efectividad, casi democrática, me atrevería a decir, en cuanto sustanciaque no contempla diferencia alguna entre cuerpos, no establece distinciones de índole particular salvan salvando algunos efectos secundarios imprevisibles

Recientemente he tenido la suerte de encontrarme con el libro adecuado en el momento adecuado, que en esta ocasión fue Fármaco, la última novela de Almudena Sánchez. Sus palabras me sacudieron con tal virulencia que consiguieron arrancarme del estado de ensimismamiento decadente en que me encontraba. «Estoy en contra de Walt Disney y muy a favor de las farmacias»,[4] comienza el libro a modo de alegato. A lo largo de las 181 páginas, la autora describe su tránsito inconcluso por una depresión, así como el tratamiento terapéutico y farmacológico que posibilitaron su mejoría. «Es hora de que la fragilidad salga al escenario».[5] Existe una delgada línea entre consumo y abuso, entre hábito o costumbre y dependencia o adicción; igual que en ocasiones resulta pender de un frágil hilo la separación entre lo sano y lo enfermo. Corremos el riesgo de simplificar nociones en favor de consignas grandilocuentes, cuando lo verdaderamente operativo se encuentra también en la escucha a los modos de relacionarnos en el más amplio sentido. Cómo consumimos, cómo nos consumimos, cómo señalamos a quien consume y a quienes nos consumen. Por supuesto, el qué consumimos completa la ecuación.

Dicen algunas voces y es un pensamiento muy común que Droga es sinónimo de dependencia y sumisión: con eso empezó todo. Pues bien, más allá de las problemáticas que se derivan de un diagnóstico que nos catalogue como drogodependientes, lo cual sin duda puede ser beneficioso y deseable en muchas situaciones, es necesario pensar en la supervivencia misma desde el dolor y el sufrimiento o desde la experiencia y el disfrute que conforman saberes encomiables. Si algo podemos sacar en claro de esta pequeña disertación es la cantidad de factores que convergen a la hora tratar de fijar un significado cerrado de la categoría en cuestión, junto al carácter relacional del proceso en que tienen lugar los actos de consumo. Es por ello que rechazo y me opongo a consideraciones parciales y en apariencia determinantes, descreo de quienes asienten ante la criminalización de sujetos sin rostro bajo el paraguas de una justicia incriminatoria. No será nunca mi revolución si, entre otros, quedan excluidos los cuerpos que no pueden levantarse de la cama, los cuerpos dependientes de la química y los que no pretenden renunciar a ella jamás.


[1] Andrew Solomon, El demonio de la depresión. Un atlas de la enfermedad, Barcelona, Debate, 2015, p. 249.

[2] Geert Lovink, Tristes por diseño. Las redes sociales como ideología, Bilbao, Consonni, 2019, p. 31.

[3] Peter D. Kramer, Escuchando al Prozac. Un psiquiatra explora el campo de los antidepresivos, Barcelona, Seix Barral, 1994, p. 39.

[4] Almudena Sánchez, Fármaco, Barcelona, Penguin Random House, 2021, p. 15.

[5] Ibid., p. 63.

Miguel Vega Manrique realizó estudios musicales, literarios, de historia del arte contemporáneo y cultura visual. Actualmente es profe de Humanidades y CCSS en ESO y Bachiller. Cuando no trabaja, entre otras cosas, escribe una tesis sobre narrativas mitológicas e imaginarios culturales en torno a la drogadicción, podéis seguirle en twitter.

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