Relato: Mujer Valiente

Sobrevivir. Y contar la historia, para que la locura no acompañe al silencio

La voz dormida, Dulce Chacón

La eternidad y el laberinto. Entre los pliegues de ese tiempo, que nunca será el  suficiente, deambulan mis pensamientos desde hace unas semanas; se me hace imposible asumir que la puerta se cerró, la música dejó de sonar y esa luz naranjada profundamente cálida se apagó para siempre. 

He conseguido rescatar del naufragio que supone tu adiós varios objetos que te pertenecieron: un reloj cuyas agujas dejaron de circular hace ya mucho tiempo, unas gafas que no consigo recordar cuándo te las vi puestas por última vez y unas fotografías de bordes irregulares, con tacto rugoso que parecen cicatrices en la piel. 

Dejó anotado en sus cuadernos de notas la fotógrafa Diane Arbus que: una  fotografía es un secreto sobre un secreto. Y en ese desplazamiento de la memoria que había en nuestro juego íntimo con los álbumes y las cajas de fotografías, habitaba un gesto profundamente hermoso de conservación, delegación y transmisión de tu memoria. En tus historias y relatos orales, había implícito un acto mágico por dejar testimonio de cómo había sido tu vida, de lo que realmente te importaba y en lo que siempre habías creído y querido por encima de todas las cosas: tus hijas e hijos. Tengo la clara convicción de que existía un último acto de rebeldía cuando hablabas de determinados silencios que te habían sido impuestos por la fuerza de la arbitrariedad. 

Ahora, convivo con un miedo pegajoso a padecer una ceguera irremediable que me impida seguir contemplando esas fotografías que hablan de tu vida entera o caer en las redes del olvido. 

Las fotografías te expulsan del tiempo presente, siempre te hablan de un tiempo que fue, y también de una esperanza e inocencia que le son inherentes. Y pienso, y vuelvo a pensar, en todas las cosas que nos dejaste como legado para siempre y que nunca se irán. Nos imagino de nuevo en el cuarto de estar, y cómo nos gustaba echar las tardes mirando esas fotografías y la manera tan minuciosa en la que me contabas el cuándo, el dónde y el porqué de esa imagen, y lo que sucedió con los protagonistas después de que el clic de la cámara hiciese su magia y congelase ese tiempo para siempre. 

Las fotografías te expulsan del tiempo presente, siempre te hablan de un tiempo que fue, y también de una esperanza e inocencia que le son inherentes. Y pienso, y vuelvo a pensar, en todas las cosas que nos dejaste como legado para siempre y que nunca se irán. Nos imagino de nuevo en el cuarto de estar, y cómo nos gustaba echar las tardes mirando esas fotografías y la manera tan minuciosa en la que me contabas el cuándo, el dónde y el porqué de esa imagen, y lo que sucedió con los protagonistas después de que el clic de la cámara hiciese su magia y congelase ese tiempo para siempre. 

Hubo muchas tardes y muchas historias. Siempre sentía un escalofrío recorriendo mi cuerpo cuando te imaginaba en aquel andén, con la inocencia intacta y la maleta rebosando, antes de iniciar el viaje que te traería de Córdoba a Madrid, y en todo ese miedo que nunca se fue durante las interminables horas que duró el trayecto en  ese tren de la posguerra, y esa preocupación a que te robaran a tus hijos. Todavía  siento cómo el dolor me atraviesa sabiendo que tuviste el inmenso infortunio de ser una niña pobre en la posguerra, que con 10 años eras la mejor vendedora de naranjas en el mercado y también que la peor de las suertes te acompañó al tener que contemplar con tus ojos de niña, cómo otro ser humano se desmayaba amoratado y moría de hambre. Nunca debió suceder. Como tampoco debió acontecer que te negaran ir a la escuela porque eras una niña pobre, y la escuela, te decían, no servía para nada. Lo importante para aquel sistema perverso era que trabajases de sol a sol, por un salario ínfimo, o quizá ni siquiera por unas pocas monedas, muchas veces te tuvieses que conformar con un plato de comida demasiado acuoso como para alimentar. 

Nunca aprendiste a leer, ni escribir, nunca tuviste un cuarto propio. Formaste parte de esa generación de mujeres que fueron adoctrinadas en el miedo, que hablaban en bajito, a las que se les negó el placer, que aprendieron que su posición en el mundo no iba a ser grandilocuente, ni ruidosa, todo lo contrario. Pero muchas de vosotras fuisteis sagaces al ir tejiendo poco a poco, con una paciencia y un tesón inquebrantable, los vínculos que realmente importan: los del amor, el cuidado y el afecto. Vuestras manos siempre estuvieron ocupadas, construyendo los pequeños puntos de fuga, las grietas por las que entraba la luz. 

Liberaste las palabras para que no se pudrieran, me las regalaste para que las pudiese conservar frescas. El otro día estuve en casa y sentí el vértigo de la ausencia, ese sillón vacío que nunca más acogerá a tu cuerpo cada vez más pequeño. 

La casa conservaba ese olor a ti, la ropa todavía está en los armarios, me detuve mucho tiempo: abriendo puertas, cajones, tocando la ropa, observando el orden de lo que todavía queda de ti, intentando tentar a la suerte e imaginando cómo sería poder volver a un tiempo lejano, a unos años atrás. No me acompañó la suerte. 

La casa conservaba ese olor a ti, la ropa todavía está en los armarios, me detuve mucho tiempo: abriendo puertas, cajones, tocando la ropa, observando el orden de lo que todavía queda de ti, intentando tentar a la suerte e imaginando cómo sería poder volver a un tiempo lejano, a unos años atrás. No me acompañó la suerte. 

Eras mi abuela, me duele escribir el verbo en pasado. Naciste en Baena (Córdoba) en abril de 1928. Siempre te decía que llegarías a cumplir un siglo de vida, te escandalizabas de tan solo imaginarlo. Tuviste tres hijas, dos hijos. Una de tus hijas se fue unos años antes que tú, nunca te repusiste de ese golpe que no tiene nombre. 

Nos quedamos sin esos sabores tan deliciosos de los platos que cocinabas.Te gustaba pasear, nunca levantabas la voz, eras discreta y de una generosidad infinita. 

El resto de sábados por la tarde que nos quedarán por vivir, a los que estamos de este lado, nos tendrán siempre un sabor amargo. Porque el sábado era el día de visita, el día de estar todas juntas, el día de los pasteles de nata y los gusanitos, el día de la propina semanal, el día en el que preparabas inmensas mesas de comida. 

Sergio y su abuela Luisa

Te quedaste viuda demasiado pronto. Hubo un misterio que nunca se resolvió en relación con tu nombre. Todo el mundo te llamaba Señora Luisa, pero en tu partida de nacimiento aparecía Demetria, era tu nombre de los documentos oficiales, aunque nadie nunca te llamó así. 

Tuviste dos primos mayores que se fueron a la guerra y nunca más se supo de su suerte, tu madre nunca se repuso de la ausencia de ellos porque los quería como si fueran sus hijos. Tenías solo 8 años cuando comenzó ese trauma inmenso que fue la Guerra Civil española. El hambre nunca se te olvidó, era un hambre que lo devoraba todo. 

Nunca montaste en avión. Sentiste vértigo cuando viste el mar por primera vez. Te encantaba escuchar la radio, mi pasión por ese artefacto la heredé de ti. Recuerdo estar sentado a tu lado mientras cosías y sentir un profundo asombro por la rapidez con la que eras capaz de hilvanar. 

Eras una confidente perfecta de confesiones ajenas. Todas las vecinas hicisteis una comunidad, de puertas abiertas, lo común no era nada estrafalario, ni una utopía inimaginable. Lo común era lo sensato y esperable. Tuviste 3 nietas, 7 nietos y 3 bisnietos. 

Eras la única persona que me felicitaba el día de mi santo, este año me acordé como ningún año antes. 

La vida hizo que te fueras una vez que habían comenzado los locos años 20, enero fue siempre demasiado frío para ti. Recuerdo la última vez que estuviste en mi casa, tumbada en mi cama, mientras sonaba de fondo una canción titulada: Cuidándote. La elección del título no fue para nada azarosa, quería que nuestro último momento a solas fuera así, cuidándote como lo has hecho durante toda la  vida conmigo. Tuve la suerte de poder despedirme. La herida sigue abierta, el duelo sigue aquí. Tu cuerpo no está, pero toda tu vida, sí. 

En memoria de mi abuela, Luisa. Abril de 1928-Enero 2020

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