Serena nunca sonríe o la postergación de la sonrisa: sobre reacciones antifeministas.

Serena nunca sonríe. No sabemos si está triste, quizá esté enfadada, colérica, o puede que esté arrepentida, a lo mejor siente nostalgia de cuando le permitían escribir. Serena Joy no existe, es un personaje de ficción creado por Margaret Atwood en su novela El cuento de la criada, escrita en 1984.
No sé por qué la Serena que más me inquieta es la de la serie de HBO basada en el libro de Atwood. Quizá sea porque primero vi la serie y después leí el libro, o porque el personaje está mucho más perfilado y desarrollado. Tenemos la imagen ya diseñada de ella, no hace falta que la imaginemos. Encuentro una continuidad simbólica entre el moño de Serena y el de Phyllis Schlafly.
Phyllis, en cambio, sí fue una persona real. En 1964 publicó un libro manifiesto titulado A choice, not an echo que se convirtió en un betseller con más de tres millones de ejemplares vendidos. En él, sin saberlo, sentaba las bases del conservadurismo que dominaría la vida en Estados Unidos durante las décadas siguientes. Feroz anticomunista, renegaba de que el Partido Republicano estuviese dominado por una élite liberal de banqueros que decidían las nominaciones de los candidatos presidenciales y,
que a su modo de ver, manejaban las estructuras del Partido. Ahí nació todo, o casi todo el discurso que luego se llamaría “nueva derecha”, neoconservadurismo, etc. Una vuelta a valores tradicionales, nada de discursos intelectuales.
Ella, al igual que Barry Goldwater, hablaba de utilizar un lenguaje sencillo, que la gente pudiera entender. Pero si estuviésemos en la tesitura de definir por qué gesto se recordará a Phyllis en la posterioridad, sería por su campaña en contra de la aprobación de la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA, siglas en inglés de Equal Rights Amendment).
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La historia y el recorrido de la enmienda es larga. Fue escrita en 1921 por Alice Paul y Crystal Eastman y en la sección primera aparece redactado lo siguiente: La igualdad de derechos ante la ley no puede ser negada ni restringida por los Estados Unidos o por ningún Estado por motivos de sexo, leer esta petición desde nuestro presente puede parecer de una obviedad absoluta. No lo es. La enmienda nunca se ratificó.
Y es justo ahí,  cuando Phyllis cobra un protagonismo decisivo. En 1972, tras la década de la Mística de la feminidad, expresión y título del libro clásico de Betty Friedan en el que concluye preguntándose: ¿Quién sabe lo que las mujeres podrían llegar a ser cuando, finalmente sean libres de ser ellas mismas?. La enmienda se volvió a llevar a trámite legislativo, tras aprobarse en el Senado, era necesaria la ratificación por 38 Estados de la Unión, las tres cuartas partes de los mismos.
Los movimientos de mujeres feministas creyeron la batalla ganada. Era tan de sentido común, tan lógica su ratificación, un principio de justicia tan básico que era imposible o casi imposible contemplar la opción de perder. Había un cabo suelto, en realidad muchos cabos silenciosos sueltos. La persona que los aglutinó todos fue Schlafly, el mismo año 1972 lanzó la campaña STOP ERA, en la que se oponía a la aprobación de la enmienda arguyendo que ésta ponía en peligro privilegios de las mujeres entre los que estaban los baños separados por sexos, estar eximidas del servicio militar, así como los beneficios que supuestamente tenían las mujeres por estar subordinadas a sus maridos en el sistema público de la seguridad social. Ferviente católica, en su agenda no podía faltar su oposición al aborto, así como una vuelta de las mujeres a los cuidados domésticos, el sustento económico familiar debía provenir del hombre. Algo que solía repetir como una gracia aunque en realidad sea trágico, bastante trágico, es que agradecía a su marido el permiso que éste le concedía para aparecer en público.
Phyllis, su sonrisa bobalicona y su contraofensiva ganó la batalla, la enmienda no se aprobó y ella muy orgullosa reía en 1982 mientras afirmaba que “la enmienda estaba muerta”. La igualdad lógica no aparecería como principio fundamental en la Constitución estadounidense. 
Rocío Monasterio, una de las principales voces de VOX, tiene también una media sonrisa encajada en el rostro, no es de alegría, nada de esta emoción contiene lo que la rodea. La oscuridad es literal y también simbólica. Sólo hay que ver el vídeo del discurso de su Partido en Vistalegre en octubre de 2018. Su media sonrisa puede ser interpretada de muchas maneras: sorpresa, cinismo, soberbia, arrogancia, incredulidad, no sé. Lo más inquietante de su discurso es cuando afirma que VOX “viene a derogar las leyes de género, a recuperar los derechos de hombres y mujeres, a recuperar la dignidad de las mujeres a las que nos quieren humillar con políticas de cuotas, utilizándonos políticamente, nosotros no les necesitamos, nosotros repite (refiriéndose a las mujeres) tenemos nuestra dignidad”. En ese nosotros utilizado de manera reiterada hay una intencionalidad evidente en negar el plural femenino, el nosotras. Hay una absoluta negación del ser femenino.
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Serena, antes de Gilead, al igual que Rocío Monasterio llevaba el pelo suelto, daba también conferencias y acudía a actos públicos defendiendo cosas muy similares a las que defiende en la actualidad Rocío.
Leo estos días el libro de Susan Faludi, Reacción. La guerra no declarada contra la mujer moderna, publicado en 1991, en él expone que: En los Estados Unidos, una reacción contra los derechos de la mujer no es ninguna novedad. Más bien se trata de un fenómeno cíclico: como una inevitable helada temprana que cayera sobre nuestra cultura en cuanto en ella florece brevemente el feminismo, se repite cada vez que las mujeres hacen algún progreso hacia la igualdad. Analiza distintos periodos desde finales del siglo XIX en los que se han producido esas virulentas reacciones antifeministas.
Me parece imprescindible la lectura de este libro para que todas las feministas estemos advertidas y atentas de lo que puede pasarnos si no estamos alerta. La sonrisa no se puede postergar. A pesar de lo que dice Rocío Monasterio: de que un país no se puede gobernar sólo desde la sonrisa, ojalá se pudiera, se debe gobernar con  la gestión, con la mano de hierro, para así garantizar a los nuestros un espacio de libertad y de seguridad, y luego cuando lo tengamos sonreiremos.
En estas palabras está contenida toda la oscuridad, porque dejar la sonrisa para el final es estar abocados al miedo y a la tristeza. Serena nunca sonríe, Rocío posterga la sonrisa a un futuro indeterminado, pero nosotras y nosotros debemos saber que el feminismo y la(s) práctica(s) queer son más necesarias que nunca, porque lo único que pide es que las mujeres y los hombres tengamos libertad para decidir sobre nuestras vidas, sobre nuestros cuerpos, que no haya que elegir entre mundo público y espacio privado.
Lo personal es político, siempre lo será.

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