Ellas nos dan esperanza: Testimonios de las huelguistas de las residencias de Bizkaia.

“Cuanto más arriesgado es hablar, más creativos tenemos que ser” 

Sara Ahmed. 

En nuestras lecturas utópicas de los últimos meses hemos aprendido que no hay nada que interese más al sistema que creamos con firmeza en lo inmutable e inevitable de la desesperanza. Contra esa parálisis ideológica tenemos que construir, deconstruir y aceptar que lo micropolítico puede atravesar sus propios límites y convertirse en algo más grande, fuerte y contagioso. La ilusión, alegría y esperanza se fusionan en estas palabras.

Casi todo lo que necesita ser cambiado comienza con una poco perceptible incomodidad, pequeños incidentes, un fino desasosiego que aumenta. En ese hacerse grande de la insatisfacción podemos llegar a sentir cómo todo nuestro cuerpo comienza a extrañarse: dormimos menos, estamos alerta, sentimos náuseas, queremos dejarlo, salir corriendo para que el extrañamiento de nuestro cuerpo deje de ser, volver al estado previo. En muchos casos, el retorno no es posible, porque todo estaba mal, mucho peor de lo que habíamos aceptado hasta entonces. 

La historia de uno de esos pequeños incidentes que dio comienzo a todo un cambio es parte fundamental de lo que nos cuenta el libro No eran trabajadoras, solo mujeres. Testimonios de las huelguistas en las residencias de Bizkaia (Editorial Manu Robles-Arangiz Instituoa, 2019), escrito por Onintza Irureta Azkune y con prólogo de la siempre valiente y honesta, Irantzu Varela.

El libro nos cuenta la historia de una huelga, la de las trabajadoras de las residencias de Bizkaia, que se prolongó durante 378 días y en la que los derechos laborales, la precariedad más rotunda, el aislamiento, la producción, reproducción, los cuidados, la lucha feminista y los vínculos afectivos tomaron el espacio público para que fuese imposible mirar hacia otro lado. Un relato de toma de conciencia y de  reconocimiento a las gerocultoras, una de las profesiones más importantes para una sociedad que pretenda ser justa, acogedora y hospitalaria. 

Escribe Iranztu Varela en el prólogo que pedían mejores condiciones de trabajo. Pedían cobrar un salario más justo, pero también más tiempo para que el cuidado de las personas con las que trabajaban no fuera ganadería, fuera cuidado. Y así podían sentir que lo suyo no era supervivencia, era trabajo. 

Es obvio, aunque no quieran escucharlo, que los cuidados son imprescindibles para la supervivencia del capitalismo, que sin esos cuidados el resto se desmorona, hay que insistir en que este es uno de los aprendizajes fundamentales de la lucha y del marxismo feminista. 

Me recreo observando las fotos de sus movilizaciones, admirando lo hábiles que fueron al utilizar sus camisetas verdes para hacerse visibles y convertirse en símbolo de uno de los episodios sindicales más importantes de nuestra historia reciente. Adquirir una identidad sectorial no fue fácil, el libro nos cuenta los desprecios, silencios, bravuconadas a las que tuvieron que hacer frente. 

Ganaron, y esa victoria nos da aliento para saber que sigue siendo importante ser aguafiestas, quejarse, adquirir una identidad sectorial, luchar por unas condiciones laborales que dejen lejos la más absoluta precariedad. 

El libro incluye material fotográfico y el testimonio de algunas de las mujeres que participaron en las huelgas que consiguieron la aprobación de los sucesivos convenios en las residencias de Bizkaia.  

Ellas nos dan esperanza.

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