Nuestras guerras del sexo : reflexiones sobre lo queer

Los feminismos y las luchas queer son emblemáticas revoluciones de los siglos XX y XXI. Sus luchas, coyunturas, discursos, prácticas e injerencias están cambiando el curso de los acontecimientos históricos, el devenir de la vida en el planeta, las configuraciones sociales, las reglamentaciones jurídicas y las micropolíticas del deseo. Durante décadas, los espacios feministas y queer, cada cual en su singularidad, contextos y lugares situados, de maneras plurales y con formas diversas, han sido microlaboratorios para experimentar con la subjetividad, la política, el activismo y la teoría, reinventando las posibilidades y potencialidades de los cuerpos, el sexo, la sociabilidad comunitaria y las estéticas del placer.

Hoy podemos afirmar la existencia de un extenso, rico y prolífico campo que articula dinámicamente prácticas activistas, teorías y metodologías rigurosas, posturas críticas y documentadas discusiones sobre las intersecciones entre cuerpo, género, subjetividad, cultura, economía, identidad y poder. 

Ahora bien, como todo campo discursivo de producción de saberes y de epistemes de creación de conocimiento, así como de marco de registro, invención y reinvención de verdades, realidades y gramáticas, con sus consecuentes prácticas, actividades, instituciones y estilos de razonamiento, la trayectoria y desarrollo de los feminismos y la teoría queer no pueden ser pensadas sin sus discusiones conceptuales, sus debates sobre los alcances de la intervención política, las disputas entre sus posibilidades de acciones subversivas y las luchas por el poder de enunciación, agenciamiento y representación. De hecho, son justamente esas disputas, el archivo de esas disquisiciones y los textos producto de esas diatribas, las que definen las sendas de sus genealogías.

En los años ochenta, mientras el cuerpo de Michel Foucault agonizaba a causa del sida y su obra se diseminaba vitalmente por el planeta, acontecieron encarnizados altercados entre posturas feministas en Estados Unidos, cuyos ecos todavía resuenan en nuestras posturas políticas actuales. Las sex wars enfrentaron a la autodenominada corriente del feminismo radical (integrado principalmente por abolicionistas antipornografía, con Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon o Janice Raymond, como algunas de sus pensadoras y teóricas más emblemáticas, representativas y vigentes, entre otras) contra el designado feminismo prosexo (con teoric@s como Gayle Rubin, Patrick Califia, Jack Halberstam, Carol Vance, o luego Judith Butler, entre muchxs otrxs). Como parte del proceso que el filósofo Bolívar Echeverría ha denominado la americanización de la modernidad en el siglo XX, la rotunda influencia de las feminist sex wars ha sido determinante no sólo en la transmisión, enseñanza y teorización de los pensamientos feministas y queer en todo el planeta, sino que además ha sido crucial en los debates y discusiones actuales. Los puntos candentes, los temas espinosos y las disputas más feroces siguen siendo por la sexualidad, el cuerpo y el sujeto político del feminismo.   

En los años ochenta, mientras el cuerpo de Michel Foucault agonizaba a causa del sida y su obra se diseminaba vitalmente por el planeta, acontecieron encarnizados altercados entre posturas feministas en Estados Unidos, cuyos ecos todavía resuenan en nuestras posturas políticas actuales. Las sex wars enfrentaron a la autodenominada corriente del feminismo radical (integrado principalmente por abolicionistas antipornografía, con Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon o Janice Raymond, como algunas de sus pensadoras y teóricas más emblemáticas, representativas y vigentes, entre otras) contra el designado feminismo prosexo (con teoric@s como Gayle Rubin, Patrick Califia, Jack Halberstam, Carol Vance, o luego Judith Butler, entre muchxs otrxs). Como parte del proceso que el filósofo Bolívar Echeverría ha denominado la americanización de la modernidad en el siglo XX, la rotunda influencia de las feminist sex wars ha sido determinante no sólo en la transmisión, enseñanza y teorización de los pensamientos feministas y queer en todo el planeta, sino que además ha sido crucial en los debates y discusiones actuales. Los puntos candentes, los temas espinosos y las disputas más feroces siguen siendo por la sexualidad, el cuerpo y el sujeto político del feminismo.   

Heredera del marxismo y del pensamiento de Foucault, Gayle Rubin publica en 1984 el emblemático ensayo Reflexionando sobre el sexo, donde propone que una teoría y postura radicalmente política sobre la sexualidad debe apuntar a identificar, describir, explicar y denunciar la injusticia erótica y la opresión sexual, por lo que es necesario establecer instrumentos conceptuales críticos que permitan realizar descripciones detalladas, crear archivos documentales y hacer análisis rigurosos sobre los vínculos entre las esferas del poder, los usos de los placeres  y la diversidad de experiencias de los cuerpos.  

Paralelamente, comenzaron a permear en los campus universitarios de Estados Unidos las revueltas políticas de protestas disidentes introduciendo, en un contexto de agitaciones contraculturales y feministas posteriores a la Guerra de Vietnam y teniendo como telón de fondo las consecuencias de la Guerra fría, diversos conjuntos de temáticas, cursos y estudios: Women’s studies, Gender studies, gay and lesbian studies, investigaciones y estudios afroamericanos, chicanos y latinos, etc., en un devenir que eclosionará en la queer theory. En este extenso y heterogéneo campo, móvil, vital y efervescente, destaca en 1990 Teresa de Lauretis por la acuñación de la expresión teoría queer, propuesta inicialmente como un tema de workshop organizado en la Universidad de California en Santa Cruz, cuyo provecho es ahora más que patente.

La producción de la teoría queer ha provocado la aparición de un nuevo campo de estudios, un nuevo estilo de razonamiento con conceptos propios importados desde la injuria y las proclamas de las periferias, que realizan críticas tan radicales como rigurosas y provocadoras a los aparatos de saberes académicos, gubernamentales y geopolíticos hegemónicos, desde la subalternidad. Se trata de la irrupción de los discursos y saberes bolleros, maricas, trans y disidentes del género, vía la realización de estudios vanguardistas sobre los procesos vitales, políticos y activistas de las multitudes inclasificables de sujetos parias, marginados y excluidos. De acuerdo con Javier Sáez, en Teoría Queer (2005), lo queer –entendido como un campo teórico múltiple, un corpus de saberes móviles provenientes de las multitudes marginadas y disidentes del régimen heterosexual, y un conjunto de herramientas críticas– emergió en la confluencia de la crisis de la pandemia del sida, la crisis dentro del feminismo blanco, heterosexual y colonial, y el problema de la asimilación cultural de lo gay por parte de las lógicas mercantiles capitalistas.

La producción de la teoría queer ha provocado la aparición de un nuevo campo de estudios, un nuevo estilo de razonamiento con conceptos propios importados desde la injuria y las proclamas de las periferias, que realizan críticas tan radicales como rigurosas y provocadoras a los aparatos de saberes académicos, gubernamentales y geopolíticos hegemónicos, desde la subalternidad. Se trata de la irrupción de los discursos y saberes bolleros, maricas, trans y disidentes del género, vía la realización de estudios vanguardistas sobre los procesos vitales, políticos y activistas de las multitudes inclasificables de sujetos parias, marginados y excluidos. De acuerdo con Javier Sáez, en Teoría Queer (2005), lo queer –entendido como un campo teórico múltiple, un corpus de saberes móviles provenientes de las multitudes marginadas y disidentes del régimen heterosexual, y un conjunto de herramientas críticas– emergió en la confluencia de la crisis de la pandemia del sida, la crisis dentro del feminismo blanco, heterosexual y colonial, y el problema de la asimilación cultural de lo gay por parte de las lógicas mercantiles capitalistas.

De acuerdo con Paul B. Preciado ya no tenemos necesidad de “escritores universales” o de “intelectuales” para el movimiento queer, sino de bolleras, y de trans que estén preparados para investir sus supuestas identidades abyectas escribiendo o produciendo teoría. El giro genetiano de la injuria se apoya precisamente en la eficacia política de la utilización de la fuerza performativa de identificaciones negativas como “bollera” o “marica”, para transformarlas en posibles lugares de producción de identidades que resistan a la normalización, atentando así contra el poder totalizante de las llamadas a la “universalización”. 

Lo queer, entre otras cosas, es un campo de resistencia a las lógicas biopolíticas del régimen heterosexual que localiza, traza e inventa líneas de fuga para corroer el sistema binario y naturalizado del género haciendo reconversiones de sus tecnologías. Del mismo modo que los feminismos son una respuesta a las problemáticas restrictivas del sujeto marxista, el transfeminismo, el xenofeminismo y lo queer, entre otras propuestas metodológicas disidentes, han expandido el espectro de la formulación y noción de sujeto, política y militancia, acentuando las intersecciones de los márgenes entre lo corporal, los ejercicios del poder, las gamas de la violencia, los agenciamientos estratégicos, las alianzas g-locales, la teoría y la academia, el arte y las tecnologías farmacológicas, digitales, visuales y artísticas.

Los ejercicios experimentales de repolitización que efectúan las propuestas de lo queer, el transfeminismo y el xenofeminismo, no deben ser entendidas como la superación del feminismo, sino como una contraofensiva hacia el feminismo de Estado/blanco/hegemónico/heterosexual, poniendo el acento de sus discusiones, producciones e intervenciones en las multitudes de sujetos del devenir minoritario que habían sido excluidos, vulnerados o ignorados, analizando de manera interseccional cómo el régimen heterosexual, tecnopatriarcal y necrocapitalista atraviesa los cuerpos vía la combinatoria de variantes como el género, la raza/etnia o la disidencia sexual y afectiva. Dicho campo reivindica la necesidad de pensar críticamente las tecnologías de reproducción de la vida, la despatologización e inclusión de los cuerpos trans, la no exclusión de las diversidades funcionales, el desmantelamiento del canon del amor romántico, la legalización del trabajo sexual, la reconversión y reapropiación de las tecnologías farmacopornográficas, la incorporación y diálogo con las teorías decoloniales, y la ampliación del espectro político del placer, los afectos, el sexo, y la subjetividad. 

Lo queer jamás ha pretendido borrar a las mujeres del firmamento político de las revoluciones actuales. Su aparición, al igual que en el caso del transfeminismo y el xenofeminismo, proviene de la formulación de preguntas que en algún punto otros feminismos si bien permitieron enunciar, no pudieron responder o abordar satisfactoriamente. Es imposible que una sola teoría, por más sustentada y nutrida que sea, pueda entender, abordar e incidir en la compleja totalidad de los problemas de los sujetos políticos de los feminismos, en los problemas de las tecnologías del género y en las implicaciones del dispositivo de sexualidad, por lo que es necesario, siempre, la discusión crítica y el disenso. Sin embargo, el camino de las críticas no debería empantanarse en argumentos biologicistas, esencialistas o punitivos que más que combatir las opresiones de las mujeres, pone nuevamente en riesgo, precariedad y peligro otros cuerpos, a otras mujeres y otras luchas. 

Lo queer jamás ha pretendido borrar a las mujeres del firmamento político de las revoluciones actuales. Su aparición, al igual que en el caso del transfeminismo y el xenofeminismo, proviene de la formulación de preguntas que en algún punto otros feminismos si bien permitieron enunciar, no pudieron responder o abordar satisfactoriamente. Es imposible que una sola teoría, por más sustentada y nutrida que sea, pueda entender, abordar e incidir en la compleja totalidad de los problemas de los sujetos políticos de los feminismos, en los problemas de las tecnologías del género y en las implicaciones del dispositivo de sexualidad, por lo que es necesario, siempre, la discusión crítica y el disenso. Sin embargo, el camino de las críticas no debería empantanarse en argumentos biologicistas, esencialistas o punitivos que más que combatir las opresiones de las mujeres, pone nuevamente en riesgo, precariedad y peligro otros cuerpos, a otras mujeres y otras luchas. 

Por ejemplo, en algún momento y como parte de las discrepancias a la teoría queer, se ha dicho que Judith Butler no tiene en cuenta las condiciones materiales de las mujeres, por lo que abona a su borradura como el sujeto legítimo del feminismo. Nada más falso y reduccionista del pensamiento de Butler. En su compleja y basta obra, Butler investiga y teoriza cómo las economías simbólicas y las operaciones del lenguaje son claves dentro de las técnicas de producción corporal de los sujetos en nuestras sociedades, vía la performatividad del género y el ejercicio de las formas de las violencias para la gestión de las condiciones de precariedad, vulnerabilidad y riesgo. 

La teoría performativa del género de Butler permite un acercamiento a las operaciones del lenguaje sobre el cuerpo como materia sexuada. El cuerpo sexuado, el sujeto del género en este sentido, es efecto de complejos conjuntos reiterativos de actos corporales, gestos simbólicos y prácticas discursivas dentro de un gran teatro comunitario, político y subjetivo. Dichas variabilidades definen, en cierta medida, el terreno de la supervivencia vital, las posibilidades económicas, la gestión de los cuidados y afectos, la legitimidad de los cuerpos y las vidas que importan. 

La obra de Butler, de manera muy general, se puede dividir en al menos dos grandes momentos: uno en el que desarrolla su teoría de la performatividad del género en el conjunto de los libros El género en disputa (1990), Cuerpos que importan (1993), Lenguaje, poder e identidad (1997),  Mecanismos psíquicos del poder: teorías sobre la sujeción (1997), y Deshacer el Género (2004); y otro grupo de libros en los que estudia los procesos de distribución de la vulnerabilidad, precariedad y miseria sobre la vida y muerte de los cuerpos, los efectos sociales de la violencia y la función política del duelo: El grito de Antígona (2000), Vida precaria. El poder del duelo y la violencia (2004), Dar cuenta de sí mismo. Violencia ética y responsabilidad (2005), Marcos de guerra. Las vidas lloradas (2009), Violencia de Estado, guerra, resistencia: por una nueva política de izquierda (2011), y Cuerpos aliados y lucha política: Hacia una teoría performativa de la asamblea (2015). 

En continuidad con lo anterior, Paul B. Preciado ha retomado a lo largo de sus investigaciones algunas aportaciones de Foucault puestas en movimiento con otras de Guilles Deleuze y Félix Guattari, así como tejiendo diálogos intertextuales entre Virginie Despentes, Jacques Derrida, Teresa de Lauretis, Judith Butler, Gayle Rubín, Angela Davis, Annie Sprinkle, Audre Lorde, Gayatri Spivak, etc., para construir un marco filosófico que permita estudiar la genealogía política del cuerpo, así como el conjunto de tecnologías y formas de producción de las que somos herederos y nos constituyen como sujetos deseantes y ficciones políticas encarnadas. Cada uno de los libros de Preciado puede ser leído como el testimonio y artefacto experimental del ejercicio particular de una filosofía política queer. Sus principales aportaciones las encontramos en los libros Manifiesto contrasexual (2000), Texhttps://amzn.to/3hqT0Z9to Yonqui (2008), Pornotopía (2010) y Un apartamento en Urano (2019)

Por otra parte, en lo que refiere a la performatividad y reconversión crítica de las gramáticas de la feminidad, la violencia sexual, el trabajo sexual y el porno, escritoras como Virginie Despentes o Itziar Ziga son ejemplos magistrales sobre cómo la travesía del movimiento transfeminista ha hecho rigurosos análisis y cuestionamientos radicales de la sujeción salarial misma, apuntando a la urgente necesidad de cambios estructurales en la distribución de los recursos económicos, los alimentos, el acceso a los servicios de salubridad, los saberes y conocimientos, los lugares de enunciación y las técnicas de subjetivación, que permitan el advenimiento de una verdadera sociedad cooperativa, colectiva y democrática. Muy alejadas de ataduras retóricas, restricciones morales o lógicas punitivas, la lúcida radicalidad feminista queer de Despentes y Ziga ha permitido reflexionar y reconvertir las prácticas visuales del sexo, el campo del placer y la rabia punk de la insurrección de los cuerpos Mutantes (2009) que han leído sagazmente a Simone de Beauvoir y Monique Wittig para, en lugar de devenir “mujer”, Devenir perra (2009) y puta. Al respecto, Despentes es clara y directa con su potente Teoría King Kong ([2006] 2018): 

Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. […] Prefiero a los que no consiguen lo que quieren, por la buena y simple razón de que yo misma tampoco lo logro. […] Yo soy ese tipo de mujer con la que no se casan, con la que no tienen hijos, hablo de mi lugar como mujer siempre excesiva, demasiado agresiva, demasiado ruidosa, demasiado gorda, demasiado brutal, demasiado hirsuta, demasiado viril, me dicen. […] Pero también escribo para los hombres que no tienen ganas de proteger, para los que querrían hacerlo pero no saben cómo, los que no saben pelearse, los que lloran con facilidad, los que no son ambiciosos, ni competitivos, los que no la tienen grande, ni son agresivos, los que tienen miedo, los que son tímidos, vulnerables, los que prefieren ocuparse de la casa que ir a trabajar, los que son delicados, calvos, demasiado pobres como para gustar, los que tienen ganas de que les den por el culo, los que no quieren que nadie cuente con ellos, los que tienen miedo por la noche cuando están solos. (pp.11,13,15-16) 

Y es que, como bien lo proclamó desde 2010 el Manifiesto para la insurrección transfeminista :

Venimos del feminismo radical, somos las bolleras, las putas, lxs trans, las inmigrantes, las negras, las heterodisidentes… somos la rabia de la revolución feminista, y queremos enseñar los dientes; salir de los despachos del género y de las políticas correctas, y que nuestro deseo nos guíe siendo políticamente incorrectas, molestando, repensando y resignificando nuestras mutaciones. Ya no nos vale con ser sólo mujeres. El sujeto político del feminismo “mujeres” se nos ha quedado pequeño, es excluyente por sí mismo, se deja fuera a las bolleras, a lxs trans, a las putas, a las del velo, a las que ganan poco y no van a la uni, a las que gritan, a las sin papeles, a las marikas…

Venimos del feminismo radical, somos las bolleras, las putas, lxs trans, las inmigrantes, las negras, las heterodisidentes… somos la rabia de la revolución feminista, y queremos enseñar los dientes; salir de los despachos del género y de las políticas correctas, y que nuestro deseo nos guíe siendo políticamente incorrectas, molestando, repensando y resignificando nuestras mutaciones. Ya no nos vale con ser sólo mujeres. El sujeto político del feminismo “mujeres” se nos ha quedado pequeño, es excluyente por sí mismo, se deja fuera a las bolleras, a lxs trans, a las putas, a las del velo, a las que ganan poco y no van a la uni, a las que gritan, a las sin papeles, a las marikas…

Fruto de un arduo trabajo de encuentros para debatir y espacios para reflexiones colectivas durante la primera década del 2000, dicho manifiesto apunta al tejido de alianzas estratégicas entre todxs aquellxs marginados y excluidos para reclamar y reapropiar no sólo los lugares de enunciación, sino ir más allá de la representación, buscando la invención de argumentos para transformar los estilos de razonamiento político y efectuar acciones situadas y concretas para combatir la violencia depredadora del régimen heterosexual y sostener nuestras vidas.

En mi opinión, es muy importante, crucial y decisivo no perder de vista el desarrollo de los feminismos y las genealogías de sus posturas, al mismo tiempo que debemos conocer sobre las arqueologías discursivas y las genealogías teóricas de lo queer, porque somos herederos de esas disputas y nos encontramos en un momento histórico de renegociación del campo político del sexo. El trabajo sexual, los cuerpos trans, el sujeto del feminismo, las técnicas de reproducción, la gestión de los fluidos (sangre, semen, óvulos y leche) y los usos de los placeres tienen como punto nodal la concepción política de la libertad. Esas batallas de antaño, acontecidas en el proceso de descentramiento de la noción de sujeto y de la invención de la libertad como un devenir de las multitudes minoritarias, reactualizadas en nuestras realidades cotidianas, son nuestras guerras del sexo.  

Como lo ha dicho Paul B. Preciado, en Carta de un hombre trans al antiguo régimen sexual, Esta será la guerra de los Mil Años; la más larga de las guerras, […] la más importante de las guerras, porque lo que nos jugamos no es el territorio o la ciudad, sino el cuerpo, el goce, la vida”. Es momento de organizar estrategias y tomar las armas para pelear en las batallas de nuestras guerras del sexo. En los campos fértiles sembrados por nuestrxs antecesorxs, hoy florecen diversos feminismos plurales y multitudes queer versátiles para lxs monstruxs, lxs fenomenxs, los anormales, las maricas, las bolleras, lxs trans, las putas y las perras, para todxs aquellxs que no pueden ser clasificados porque el dinamismo de su fluidez escapa a las lógicas normativas de la hegemonía heterocolonial. La revolución del siglo XXI es la de los cuerpos mutantes, la de las micropolíticas del placer y la de los feminismos transmaricaputabollo.   

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