Escribir en el agua. Derivas en las cartas de John Cage

nunca habrá silencio hasta que llegue la muerte,

que nunca llega.

John Cage

La trayectoria que comprende Escribir en el agua. Cartas (1930-1992), de John Cage, es extensa en tiempo, planteamientos y profundidad. En conjunto, expresa inquietudes personales, infatigables búsquedas, «recherches», no en cuanto simple persecución y alcance de objetivos, sino más bien como derivas que invitan a prolongar su potencia motriz: «el camino en el que estamos no es un camino», escribe, «porque no es lineal, sino más bien un espacio que se extiende en todas las direcciones». En cada carta habla una persona rendida a su trabajo, a sus investigaciones, pero también entregada a la amistad, a la admiración recíproca, al amor. Vibra en todas ellas la inquietud de una mente hambrienta de porvenir. ¿Qué invitación desprende la dispersa errancia por los caminos recorridos por el autor? ¿Hacia dónde nos conduciría una lectura en clave intensiva de sus textos, a día de hoy?

En cada carta habla una persona rendida a su trabajo, a sus investigaciones, pero también entregada a la amistad, a la admiración recíproca, al amor. Vibra en todas ellas la inquietud de una mente hambrienta de porvenir.

La correspondencia en sí misma, el medio de la comunicación, remite al carácter eminentemente relacional que JC imprime a su práctica artística. Leemos constantemente cómo el artista solicita ayuda en momentos sucesivos, cómo muestra respeto, entusiasmo o distancia por la obra de otros compositores, cómo expone sus carencias y las limitaciones de su saber… haciendo partícipe a la gente que le rodea, en definitiva, del lugar en que se encuentra, del eterno aprendizaje. Del mismo modo, manifiesta aquí y allá la necesidad de colectivizar esfuerzos; así se lo hace explícito a Anni y Joseph Albers tras visitar, en 1948, la sede Black Mountain College: «noto que la gente todavía puede trabajar en forma colectiva. Solo tenemos que “imitar a la naturaleza en su forma de operar”».

Y creo que ese es uno de los mayores regalos que nos brinda la publicación de sus cartas, sobre todo hoy, cuando la sistematización del estudio musical conlleva cada vez más una entrega sin miramientos a la técnica, al perfeccionamiento deportivo de unas cualidades superdotadas, individuales, ad infinitum. Sin embargo, el quehacer de JC nos descubre otra vía, otro desvío. ¿De ahí la distante recepción de su obra en el microcosmos de la música clásica, en detrimento de las artes contemporáneas, performativas, experimentales? La radical apuesta que tiende JC con su posicionamiento ante el rol hegemónico del artista, intérprete, compositor, dista demasiado aún de los planes de estudio que hasta el más vanguardista conservatorio soñara implementar en nuestros días.

JC escribe persiguiendo y consignando la urgencia de los pálpitos que le asaltan, tal como atestigua el libro que nos ocupa publicado por Caja Negra; traducido y anotado concienzudamente al cuidado de Gerardo Jorge. Con Silencio (Árdora, 2002),la recopilación de sus conferencias, ya desplegaba una faceta consolidada como teórico y escritor entremezclada con su música. El registro caligráfico, asimismo, desdibuja a cada paso que da las fronteras de los géneros escritos-musicales, discurre por una pendiente que se pierde en los límites del intercambio comunicativo. «Cuando compongo, asisto a una muerte de mí mismo, y en el suceso del recorrido de esta composición por el mundo debe tener lugar una segunda muerte: la de la obra como propiedad mía». Quizás no resulte disparatado emparentar el trabajo de JC con la brocha gorda de un pintor más que de museo, de fachadas: su oído está puesto en la calle, ahí afuera, a la escucha de lo que se fuga de lo real.

«Cuando compongo, asisto a una muerte de mí mismo, y en el suceso del recorrido de esta composición por el mundo debe tener lugar una segunda muerte: la de la obra como propiedad mía».

Al inicio de la Parte I (1930-1949) del grueso volumen, ordenado de forma cronológica, encontrarán las misivas de un joven estudiante que pugna por encontrar un lugar en el contexto de la música estadounidense. Si algo tiene claro JC es que no plegará sus intuiciones a los formalismos académicos, por ello armoniza la asimilación de contenido de maestros como Schonberg con la experimentación e investigación de las últimas tendencias. El compositor de la Segunda Escuela de Viena aparece durante esta primera parte como una especie de antagonista de JC. Este requiere de sus lecciones, pero al mismo tiempo reivindica un lenguaje desligado de las convenciones clásicas. «Schonberg todavía piensa como Beethoven pero lo moderniza con un nuevo método», escribirá. La temprana deriva de JC impulsada por Satie y Webern, que se fundamenta en «la exploración del campo del ritmo y del sonido», le conduce a una música experimental compuesta sobre estructuras de tiempo e instrumentación que trascienden las sólidas armonías de impronta decimonónica.

Cuando narra las ideaciones que le rondan la cabeza, especialmente las recogidas en la Parte II (1950-1961) a Pierre Boulez, uno tiene la sensación de compartir el mismo entusiasmo por el proceso compositivo. «Mi música también está cambiando», confiesa al compositor francés después de una afectiva crónica de la puesta en escena de una de sus obras. (JC será uno de los introductores y más entregados oyentes de la música de Boulez en EE. UU., tras conocerlo en su primer viaje a París). A continuación, en la misma carta, desgrana las partituras que se encuentra escribiendo. La exhaustividad en las descripciones, los lujos con los que habla de sus más recientes bocetos, sin escatimar detalles, la precisión que profundiza los intersticios, pieza a pieza, del conjunto, convierten esta serie de documentos en una especie de testimonio en vivo de su quehacer, cuando no en la gestación de un pensamiento musical ligero en su inventiva y por completo renovador.

La exhaustividad en las descripciones, los lujos con los que habla de sus más recientes bocetos, sin escatimar detalles, la precisión que profundiza los intersticios, pieza a pieza convierten esta serie de documentos en una especie de testimonio en vivo de su quehacer

«A medida que avanzo con el Concerto, solo pienso en que lo toques tú y anhelo que tus compromisos lo permitan. Te extraño de manera profunda y estaré muy feliz cuando regreses», le escribe a David Tudor, pianista encargado de estrenar la mayoría de sus piezas. Ambos nombres han quedado unidos en los anales de la música contemporánea. En cambio, leyendo las palabras de JC, sobrecoge el profundo nexo subyacente entre la vida como acontecimiento, las relaciones interpersonales y el trabajo: «es la vida misma de la cual solo tenemos que tomar conciencia […] no me interesa el arte como algo separado de esa conciencia». Se trata de un amor difícil de clasificar, el que profesa a Tudor; un enamoramiento, acaso, cauteloso y paciente, continuado, canalizado por la proximidad sostenida de la contaminación recíproca. Igualmente, en el caso del bailarín y coreógrafo Merce Cunningham. Ambos se funden en derivas amalgamadas. Tanto, que sus acciones no se desligan entre sí. «Eres una aparición», confiesa a este último, «y cualquiera que tenga la chance de estar cerca de ti es terriblemente afortunado».

El mayor interés tras el contacto, o el contagio, por qué no, con su trayectoria, sus derivas, reside, a mi juicio, en la posibilidad de prolongación de sus modus operandi, de la energía en ellos contenida; en la sorprendente capacidad de asombro que manifiesta y esa disposición ante lo que él denomina música, ya sea experimental, electrónica, mediada por el azar, entregada a la autonomía del sonido, del silencio… pero que bien podría tratarse de una forma singular de cruzar la existencia, de afrontar la vida. El intento de expandir las fronteras espectrales de la música o, más bien, de trasladar la realidad al lenguaje sonoro escrito, se resume en sus cartas poniendo atención a los vínculos que le unen al mundo. Vínculos, siempre, de piel con piel, densificadores de tejidos.

«Una especie de fe debe ser lo que nos guíe si queremos vivir de manera afirmativa en la totalidad que nos incluye». Sí. Muchos seguramente conozcamos a alguien parecido, afín, personas capaces de vibrar como una membrana con los ritmos inmediatos del presente y con la generosidad inaudita de comunicarlo, de hacerlo un partido común; incluso, tal vez los más afortunados, vivamos amándoles.

Puedes hacerte con este libro en tu librería preferida, en la web de la Editorial Caja Negra o aquí.

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