Relato: Cerrado por derribo

Planté al amante en el jardín, no podía dejar de quererlo y mi amante no desaparecería mientras no fuera así. 

-Yo no te quiero, tienes que dejar que me vaya – repetía mi amante de forma  incesante. 

-Lo sé, pero no puedo evitarlo. Así que mientras yo esté enamorada de ti, voy a plantarte en el jardín para que no te mueras de hambre. 

Introduje sus pies desnudos en la tierra, les puse abono y los regué. Traté de despedirme con un beso en la mejilla, pero me rechazó; me metí en casa,  despidiéndome con la mano. 

A diario veía a mi amante – mi examante- , ahí plantado. A veces se me olvidaba, el riego automático hacía que no tuviera que preocuparme de su mantenimiento.  Y poco a poco mi amante se fue adaptando al jardín, su piel se endureció y se convirtió en cerámica. 

Una mañana pasé por su lado al recoger un sobre del buzón y me di cuenta de que  mi amante ya no era mi amante –ni mi examante – sino un enano de jardín; con  su casaca azul, sus pantalones marrones y su gorro rojo sobre la cabeza, su barba  blanca y su mirada pétrea, amable y solemne. Tranquilo y resignado, sabiendo  que mi amor no correspondido le había atrapado a un extraño destino y que  siempre íbamos a acompañarnos. 

Todo transcurría con normalidad y monotonía, pero de pronto, un día, el enano  de jardín se cansó de estar plantado junto a la lavanda. Giró su cuello  desentrenado y pestañeó. Empezó a sentir sus extremidades, los dedos, las  manos, los brazos, las piernas, los pies. Aún era un enano de jardín – y mi examante –, pero ya no era cerámico ni inerte, era un enanito de jardín de carne y  hueso harto de estar atrapado por un amor que no correspondía en un jardín poco  cuidado. 

Miró hacia la casa, pero no se me veía desde las ventanas, sacó los pies de la tierra  humedecida por las lluvias de octubre y empezó a subir las escaleras. 

Llamó al timbre. Yo estaba tomando el té y me molestó tener que levantarme a  abrir la puerta. 

-Voy a comerme tu corazón -dijo en cuanto estuvimos frente a frente. – ¿El mío? – contesté sorprendida.

– Sí, porque va a ser de la única manera que puedo poseerte y así me libraré de ti  y podré marcharme. 

Después de esta afirmación entró en casa y comenzó a perseguirme alrededor de  la mesa central del salón, yo corría lo que podía, pero sus piernas cortas con un  propósito claro eran veloces y no sabía cuánto tiempo mi respiración podría  aguantar ese baile de huida hacia ninguna parte. 

Comencé a lanzarle los libros de la estantería, quería que se alejara – quédate  leyendo – le dije – déjame tranquila. 

Me miró fijamente y puso pucheros, sus ojos se tornaron acuosos y empezó a  llorar suavemente. Me enternecí, le cogí en brazos y lo amanté – el amante  amamantado – colgado de mi pecho como una criatura recién parida. 

Aprovechó mi bondad y mi flaqueza, metió su mano entre mis pechos, clavo los  dedos entre sus juntas, me arrancó el esternón y después el corazón. Ya no  mamaba, se quedó mirando brotar mi sangre con mi corazón palpitante entre sus  manos de enano de jardín humano. Me estremecí. 

Lo devoró lentamente, disfrutando de la sangre que manaba por las comisuras de  sus labios, masticando la carne viscosa de mis ventrículos ya vacíos. Yo me  recomponía el pecho con lágrimas en los ojos, observándole, sabiendo que en  cuanto terminase esa merienda se marcharía para siempre. 

Triste y liberada me cosí el pecho con la aguja y el hilo del bordado que reposaban  en la mesilla de al lado; cosí mi pecho vacío y me recompuse. 

-Adiós – me dijo mientras se limpiaba la boca con la manga, avanzó lentamente  hacia la puerta y justo antes de salir por ella se giró y me dijo: 

-Creo que siempre te he querido, pero no me atrevía a asumir lo que eso  significaba. Es mejor así para ambos. 

Mi ex amante – y enano de jardín – se marchó y me quedé en mi sofá con el té frío  a medias, mi pecho vacío y recompuesto, pensando que era la declaración de amor  más bonita que me habían hecho nunca. 

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