Uno nunca tiene suficiente mala reputación,
ni suficientes accesorios.
Bruce Labruce
En el festín sempiterno de la heteronormatividad cultural, donde los cuerpos son servidos como platos fríos y las pasiones se cocinan a fuego lento para no escandalizar al comensal promedio, Bruce LaBruce emerge como un chef anárquico, sirviendo deseo crudo y subversión incendiaria. Su libro Contra la cultura. El cine, la moda, el porno y el arte desde la mirada radical del creador del zine queer punk, publicado por la editorial Cántico, es un manifiesto, un grito, un escupitajo de placer hacia el rostro impávido del statu quo y las convenciones establecidas de la cultura heterosexual, binaria y normativa. En sus páginas se despliega un arsenal de reflexiones que oscilan entre la crónica obscena, el relato glamuroso y la vulgaridad sublime, configurando un discurso que desafía la hegemonía cultural, para proponer una estética singular de la disidencia encarnada en el cuerpo, el deseo y la imagen. En este banquete, el cuerpo no es un territorio conquistado por la biopolítica; es una insurgencia que late desesperadamente, que vibra con inquietud, que transpira rebeldía pornográfica, donde la captura visual del placer (aquí radica el nervio óptico de este libro), es un arma cargada de fuerza, poder y rebeldía.
En el corazón del pensamiento de Labruce subyace la afirmación de sentir y pensar al cuerpo como un espacio donde convergen fuerzas ideológicas, políticas y estéticas; un lienzo vivo donde se inscriben gestos de desobediencia, heridas de la historia y signos de resistencia. El cuerpo en la obra de LaBruce es al mismo tiempo trinchera y trampa, una estructura permeable que puede absorber y desbordar las normas que buscan controlarlo. En sus filmes y fotografías, el cuerpo desnudo opera con el uso de las gramáticas visuales del porno que reescriben los códigos de la cultura dominante, desafiando sus límites y exponiendo sus contradicciones. En este sentido, el cine y la pornografía juegan un papel crucial como herramientas de ruptura. El cine y la fotografía, con su capacidad para capturar y reimaginar la realidad, se convierten en laboratorios para la experimentación visual donde las narrativas hegemónicas son desmontadas y reconfiguradas. Las películas y fotos de LaBruce desdibujan los límites entre el arte elevado y lo mundano, abrazando estéticas que desafían las categorías convencionales del gusto y la decencia, la moda decadente, el punk y la destreza visual. Así, la pornografía es reconfigurada por el autor como una técnica de insurrección cultural, utilizada como medio de expresión artística para cuestionar las estructuras del poder sexual y las normas que dictan qué tipos de deseos son aceptables. En sus manos, el acto sexual filmado es una declaración política que se transforma en un espacio de liberación, donde el cuerpo puede expresarse sin las restricciones impuestas por una sociedad que busca constantemente domesticarlo.
El cuerpo en la obra de LaBruce es al mismo tiempo trinchera y trampa, una estructura permeable que puede absorber y desbordar las normas que buscan controlarlo. En sus filmes y fotografías, el cuerpo desnudo opera con el uso de las gramáticas visuales del porno que reescriben los códigos de la cultura dominante, desafiando sus límites y exponiendo sus contradicciones.

En el proceso de filmación, narrado testimonialmente a modo de crónica en varios momentos del libro, el cuerpo se despoja de su opacidad cotidiana para que cada signo y superficie, cada movimiento, gemido, gesto, polla, mirada, erección y corrida, se conviertan en un acto de creación estética y micropolítica. La cámara como extensión de la mirada de Labruce, potencia las semánticas del porno en un laboratorio sexual donde se diseccionan y reformulan las relaciones de poder, la masculinidad, la feminidad y los límites del arte, la cultura y la radicalidad punk del cuerpo del sujeto.
En la estética de LaBruce, misma que podemos apreciar en las fotografías que encontraremos en Contra la cultura, los accesorios, la ropa, los dildos, arneses, la sangre artificial, las máscaras plásticas o incluso las pollas y el propio cuerpo, son extensiones del sujeto, complementos, accesorios, todo eso que en su conjunto se puede entender como una forma de moda con sus consustanciales estilos contradictorios y por ende complementarios. Los disfraces, el cuero, las correas y el maquillaje son accesorios y extensiones simbólicas de una identidad en permanente devenir, transformación y mutación corporal para la experimentación sexual con los placeres de la carne. Así, la moda puede ser también una herramienta para la construcción de subjetividades alternativas, un campo donde se tensionan y se subvierten las categorías del género, la clase social, la raza y la sexualidad. En su universo, el fetiche y el estilo se entrelazan para crear narrativas que desarman las estructuras binarias de la norma, creando escenarios atractivos y diseñando contextos donde sus modelos, incluidos tanto los decorados como los cuerpos, se vuelven vitrinas en movimiento de su política estética, cuerpos-imagen que son a la vez deseables y aterradores, bellos y grotescos, líquidos y fragmentados.

Hay un potencial subversivo en el porno y la imagen sexual explícita que integran el arte de Bruce Labruce. La representación del sexo en sus creaciones es un ejercicio de resistencia contra las estructuras que censuran, criminalizan y patologizan el cuerpo sexual y la promiscuidad, al explorar las fronteras políticas de la obscenidad. La explicitud, en este sentido, es un arma somatopolítica y discursiva, una forma de desestabilizar las categorías que definen lo decente, lo moral y lo visible en las estructuras culturales y de consumo masivo. En sus filmes, fotografías y escritos, LaBruce desdibuja la línea entre el erotismo, la política y la pornografía, entre el documental, la crónica, el ensayo y lo ficcional, entre la pieza de arte y el desecho que la produce, al diseñar una serie de coreografías y montajes para escenas que desarman las narrativas hegemónicas sobre el cuerpo y el deseo. Aquí las orgías y los encuentros sexuales fortuitos son al mismo tiempo actos de placer y gestos de insurrección. La filmación misma entonces se convierte en un acto de performance, un ritual donde el cuerpo es simultáneamente objeto sexual y sujeto pornográfico, testigo y evidencia del semen derramado y de la excitación provocada en la carne palpitante de los órganos.
Ahora bien, la manera en que LaBruce aborda al cuerpo en sus filmes, fotos y escritos también pone de manifiesto una visión profundamente queer. Sus representaciones visuales rechazan las nociones binarias de género y sexualidad, proponiendo en su lugar un espectro fluido donde el deseo y la identidad pueden reinventarse y diluirse constantemente. El cuerpo, en sus narrativas visuales, es un espacio de experimentación, un terreno donde se exploran las posibilidades de la transformación social y la resistencia contracultural. Al mostrar cuerpos que desafían las normas estéticas y funcionales, sus obras cuestionan la patologización de lo diferente y celebran la diversidad como un acto de insubordinación revolucionaria.

Así, la fama, esa quimera que el capitalismo contemporáneo venera y demoniza a partes iguales, también es sometida a un escrutinio crítico en las reflexiones del libro. Para LaBruce, la fama no es un fin en sí mismo, sino un arma potencialmente subversiva cuando se desvía de sus fines convencionales. En este sentido, sus obras cinematográficas y artísticas exploran la posibilidad de transformar el aura de la fama en un espejo deformante que revele las contradicciones de la cultura dominante. Sus imágenes, ya sean fotogramas de películas o capturas del mundo de la moda, poseen una cualidad inquietante y desestabilizadora. Al utilizar el lenguaje visual del porno para narrar historias de marginalidad, deseo y transgresión, el autor subvierte las lógicas hegemónicas que buscan domesticar lo queer y encasillarlo dentro de paradigmas aceptables. Cada provocación es una invitación a replantear los límites de lo que consideramos tolerable, bello o significativo. La radicalidad de su propuesta reside en su negativa a negociar con las demandas del mercado cultural, insistiendo en una estética que, al mismo tiempo que fascina, incomoda, provoca, perturba y desestabiliza.
En el libro también encontramos reflexiones de LaBruce sobre la identidad homosexual, mencionando las paradojas que insisten en desplegar sus propios conflictos internos. Las identidades sexuales, lejos de ser entidades estáticas, son espacios de tensión donde la lucha por la visibilidad se encuentra siempre con el peligro de la homogeneización colectiva y la neutralización política, por lo que una clave posible es no pensarlas como el único refugio confortable en un horizonte de pertenencia. En este sentido, LaBruce desconfía de la normalización gay promovida por la cultura neoliberal, que reduce la diversidad sexual a una serie de marcas de consumo y estilos de vida domesticados. Los argumentos desarrollados en el libro también exploran las zonas oscuras y las contradicciones de la comunidad queer: los códigos de masculinidad que persisten, las jerarquías raciales que se reproducen y las violencias internas que se silencian. Al hacerlo, LaBruce propone una visión del deseo que no busca la aceptación, sino que reivindica la marginalidad como espacio de poder, exhortándonos a abrazar nuestras contradicciones y saborear el placer como acto político, para convertirnos en artistas de nuestra propia insurrección corporal.

Leer Contra la cultura es desnudarse ante el espejo de lo micropolítico para descubrir que nuestra piel también puede ser una barricada. LaBruce toma las herramientas que la sociedad de consumo nos ha entregado para la domesticación del deseo y las convierte en instrumentos de sabotaje. En sus manos, el cine, la fotografía o la escritura ya no son un escaparate de fantasías prefabricadas, sino laboratorios de erotismos indomables. El porno aquí no es mercancía, es una cartografía del poder que puede reconfigurarse desde las periferias del deseo. Bruce LaBruce no escribe desde la neutralidad, su pluma está empapada de fluidos políticos y sexuales, su voz es un susurro lúcido que araña al cuerpo del lector, invitándolo a convertirse en cómplice de la insubordinación.
Finalmente, Contra la cultura es un conjunto de argumentos que presenta al cuerpo, el placer y la imagen como armas de subversión pornográfica. A través de su exploración del cine, el porno, la moda y el arte, LaBruce nos exhorta a repensar los códigos que rigen nuestras vidas, para abrazar el poder transformador del deseo e imaginar la creación de dispositivos de producción contracultural. Este libro incita a la masturbación mental, a las corridas textuales y es una provocación constante que desafía a quienes se atreven a transitar sus páginas, en donde cada idea puede detonar en una revelación, en una insurrección cotidiana, en una excitante subversión de la vida.