Entre cuatro playas, anotaciones y cuadernos, Alberto Cortés regresa a la colección Escénicas de Continta Me Tienes tras Los montes son tuyos, sobre los que nos hacíamos eco en este mismo medio hace ya dos años.
En Siempre vengo de noche, el dramaturgo malagueño pasa del no querer escribir planteado en su primer texto a la pregunta sobre la propia obra escénica, su relevancia, el papel de quien ha alcanzado una cierta relevancia y que debe continuar creando y exponiendo(se) para no perder(se en) dicha posición. Cortés es aquí Analphabet, el fantasma que deambula por las playas encontrándose con parejas para interpelar a los amantes, pero es también esa pareja, ambas, todas las voces que se entrecruzan en un texto que cambia de ritmo en cada acto, además del autor que anota y se nutre de otras obras (literarias, cinematográficas, musicales…) o la voz narrativa de un diario autoconsciente, creado para ser expuesto y, por tanto, condicionado por su finalidad misma.

No cambia en la escritura de Cortés la ausencia de acotaciones ni el reparto desigual del texto por las páginas de los tres actos, pero sí se observa un ritmo diferente al de Los montes…, más premeditado o medido, y el poso del pasado, de una relación finalizada (esa discusión entre amantes que invoca la aparición del fantasma-narrador atravesado por un monólogo de voces múltiples).
Texto para ejecutar sobre las tablas e interpelar directamente al espectador, la edición en papel, a cargo de Sandra Cendal, funciona fuera de la escena como texto dramático con gran carga poética («al primer beso se desasfalta la carretera»), complementado con un cuaderno de bitácora del propio proceso creativo que se constituye como un anexo perfecto, previo al epílogo de Berta García Faet, con el que Cortés se interpela también a sí mismo, poniendo en duda su propia obra.
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