«Las Vírgenes nunca están embarazadas, siempre tienen la tripa plana o aparecen con el niño ya en brazos. Debe de ser fácil parir. Las mujeres de la iglesia siempre llegaban sonrientes a bautizar a sus hijos y, cuando alguien les preguntaba, decían: Ha sido todo una maravilla, todo ha salido muy bien, estoy muy contenta.»
Cristina Heredero, Olmo
Publicada hace apenas un par de meses por la editorial Maclein y Parker, Olmo (2024) es la primera novela de Cristina Heredero. En ella, Nora, una joven embarazada, y su compañero Unai huyen de la ciudad para establecerse en un pueblo pequeño y comenzar una nueva vida e idílica allí. Con un increíble empleo del monólogo interior y del lenguaje figurado, Olmo es un deleite a la vez que una obra cuya lectura revuelve emocionalmente.
Cristina dedicó un rato de su tiempo para responderme, con muchísimo cariño, a las siguientes preguntas.
Empiezo con una pregunta sencilla: ¿de qué huye Nora?
Nora huye de la imposición, de la autoridad, de mamá Débora (con todo lo que ella implica), de sí misma, incluso. Quiere dejar atrás todo lo que ella es y empezar de nuevo alejada, en un bosque.
Un tema que obviamente destaca en la novela es la maternidad, pero alejada de cualquier tipo de romanticismo, sino que se abordan tanto la perplejidad que produce el proceso del embarazo como el trauma del posparto.
Efectivamente. Nora tiene una percepción de la maternidad un poco infantilizada y «fácil», en el sentido de que nadie a su alrededor le ha hablado de esa otra parte que implica ser madre: todo lo que te remueve por dentro, el dolor, los miedos, etc. Pero también trato otros temas como lo pagano frente a lo religioso, lo urbano en contraposición con lo rural o la educación vs. la reeducación a través de las experiencias propias.
Ahora que lo mencionas, es interesante ese vínculo místico-religioso que guarda Nora con Olmo cuando está dentro de ella y que sin embargo se pierde con su nacimiento.
Así es. Ella se desvincula de Olmo no solo físicamente, sino también emocionalmente. Algo dentro de ella la parte y la deja en el baño, ahí donde da a luz a Olmo. No es capaz de asimilarlo como propio. Son muchos cambios para ella, la huida de su casa, el bosque, la nueva vida con Unai y dar a luz. Nora ve distorsionado a Olmo porque le parece que es mejor así, no tenerlo cerca para no encariñarse con él, para no implicarse ni afrontar la realidad de cuidar de un bebé totalmente desconocido para ella.

Un vínculo religioso que Nora no guarda con su propia madre, pero sí con la tía Teresa y La Sandra.
Claro, es que tanto a Sandra como a Teresa son dos figuras que suponen un referente para ella. La primera por tener una familiar perfecta (algo a lo que ella aspira desde siempre, dado que la suya es algo desestructurada), y la segunda porque Nora siente que algo mucho más profundo la une con Teresa y no digo más porque si no, destripo parte de las cosas que ocurren en la novela.
Me llama la atención las descripciones del estado de embarazo: el uso de lo sensorial y la sinestesia (la importancia que se dan a los colores, los olores, etc.), además del sentido figurado, para retratar el cuerpo, en las que no pocas veces se roza lo abyecto y el horror al cambio físico.
Quería hacer partícipe al lector no solo a través de la vista, sino con los demás sentidos. Sobre todo porque cuando estás embarazada tanto el gusto como el olfato se amplifican y/o se distorsionan. Me parecía que esas descripciones sensoriales podrían aportar a la hora de ir entendiendo a Nora.
Complicadas son también las relaciones con otros personajes, especialmente tras la llegada de Olmo: su pareja Unai, los vecinos del pueblo.
La relación que tiene con Unai es complicada. Se conocen desde hace años, pero nunca han vivido juntos. Nora se impone estar con Unai también como una vía de escape, como un apoyo a su decisión, que es tener un hijo. Los dos se van al bosque, cerca de un pueblo, porque allí estarán escondidos. Hablo de Nora, pero también de Unai. No es fácil marcharse de tu entorno por amor, y más si la convivencia se complica en medio de la nada.
Por otro lado, la relación con Pepa y Floren al principio es de amistad, pero luego se ennegrece porque ella no confía en ellos. Al fin y al cabo, se han ido a vivir cerca de un pueblo en donde hace años que no hay niños y todos están como locos por tener a un bebé cerca. Pero eso a Nora no termina de cuadrarle. Ella no entiende tanta amabilidad porque ha vivido siempre prácticamente encerrada mientras vivía con mamá Débora.

Has mencionado antes que otro de los aspectos que abordas en la novela es lo urbano en contraposición con lo rural. Este espacio tiene sin duda mucha importancia: un lugar donde el tiempo se detiene y nadie te puede encontrar.
Pensé en un bosque porque una vida rodeada de árboles imponentes, cubiertos de silencio, metidos en un paraje frondoso, da sensación de refugio, de amparo, de escondite. Nora se fuga de su casa deprisa y corriendo, y Unai tenía un contacto cerca de allí que podía ofrecerle trabajos para sobrevivir. Pero la vida en el campo no es tan agradable como lo pintan. Irte a vivir del campo requiere sacrificios, nada agradables, y Nora se enfrenta a ellos de manera estoica, porque está decidida a quedarse allí y criar a Olmo lejos de todo lo que ella conoce.
Por último, no te voy a preguntar por los referentes que creo haber visto en tu novela, sino por quiénes crees que te han inspirado a escribirla. Y añado algo más: ¿qué estás leyendo últimamente?
Me gustan mucho Herta Müller, Marguerite Duras y Agota Kristof. En el Máster de Narrativa hacíamos ejercicios de experimentación y eso me ayudó mucho a la hora de narrar de manera tan introspectiva. En uno de estos ejercicios nos mostraron el relato de La señorita Cora, de Cortázar, en el que él usa indistintamente varios narradores y sin guiones de diálogo (esto también lo hacía Saramago), y me resultó muy interesante. Me pareció que narrar en presente y en primera persona, sin guiones, podría hacer que el lector viviera todo a la vez que Nora.
También nos leyeron el monólogo interior de Molly Bloom en Ulyses y me pareció una práctica en la que me sentía mucho más cómoda a la hora de escribir o de expresarme, el soliloquio. Vengo de escribir poesía y creo que no hay cosa más introspectiva que esa. Así que saber que se podía hacer eso en la narrativa me pareció una maravilla.
También mencionaría películas como ¿Quién puede matar a un niño? o Los santos inocentes que me influenciaron tanto por el contexto rural y aislado, como por el contraste entre la expectativa de ir a visitar una zona paradisiaca y la realidad in situ (que creo que reflejó muy bien Narciso Ibáñez Serrador), la violencia y el cuestionamiento de la familia. Pero también me gustó esa perspectiva de dar por hecho ciertas cosas que en realidad luego no suceden. En ¿Quién puede matar a un niño? se da por sentada la inocencia de los niños, pero después no es tanto así.
Lo mismo le pasa a Nora con los personajes del pueblo, con Unai y con su propio hijo: está esperando que en cualquier momento esa ilusión que ella ha creado en su cabeza (el bosque, la maternidad, tener una vida adulta e independiente) se rompa y la ataque. Así que también quise dar pequeñas pinceladas de terror psicológico en la novela.
Ahora mismo me estoy leyendo Kallocaína, de Karine Boye. Es una distopía narrada a través de un científico que trabaja para un gobierno dictatorial y que inventa un suero para obligar a la gente a decir la verdad, por lo que, en ese caso, ya nada pertenecería a las personas, sino que son ellas las que le deben todo al Estado, incluso sus pensamientos.
Muchas gracias por responder, Cristina.
Muchas a ti por la entrevista.
Puedes hacerte con este libro en tu librería preferida o en la web de Maclein y Parker.