Somos el universo follando

Somos el universo follando.
Paul B. Preciado, Testo Yonqui

Soñar es también una manera de vivir. Los sueños son máquinas semióticas de las tecnologías del deseo. En sus montajes se mezclan los anhelos de sensaciones insospechadas, fantasías húmedas de confesadas añoranzas de antojo por la dicha de experiencias de alegría, tormento o placer. Los sueños, en tanto manifestaciones inconscientes de los deseos de un sujeto, permiten hacer experimentos e indagaciones micropolíticas con el propio cuerpo, mediante las técnicas de escritura, reflexión crítica y construcción de narrativas filosóficas, transfeministas y queers. La analítica de los sueños no se limita a las asociaciones libres de un analizante en el diván de un psicoanalista; las intensidades, matices, tonalidades e implicaciones de las narrativas oníricas tienen también la capacidad de permear la piel de los demás, de impactar al soñante, de movilizar los cuerpos, desplegar los goces y de producir revoluciones.

Los sueños, el arte de soñar, las transformaciones vitales que producen y los lazos sociales que generan, a su vez devienen en materializaciones de las manifestaciones del deseo. El laboratorio del inconsciente contiene potencias en devenir para las mutaciones de los cuerpos, la carne, el espacio y el tiempo, donde las fantasías se transforman en realidades cotidianas. Uno de los elementos más importantes de las revoluciones en curso es el acto creador, creativo y afectuoso de soñar. El horizonte de los espacios se transforma cuando soñamos porque nos permite contemplar imágenes, experimentar vivencias y transitar por escenarios indómitos, abriendo grietas entre lo que hasta ese instante habíamos podido imaginar. Antes que consignas, teorías o manifestaciones públicas, el primer acto de sublevación es permitirse soñar con la esperanza de una revolución posible.

El laboratorio del inconsciente contiene potencias en devenir para las mutaciones de los cuerpos, la carne, el espacio y el tiempo, donde las fantasías se transforman en realidades cotidianas.

Paul B. Preciado, invirtiendo la máxima de Calderón de la Barca, nos dice que “no se trata de que la vida sea un sueño, sino de que los sueños también son vida.” Por su parte Guillaume Dustan afirmó: “vivo en un mundo donde muchas cosas que pensaba imposibles son posibles”. La realidad de la vida se reescribe en los sueños y los sueños son una forma de hacer posibles, como si de historias de ciencia ficción se tratase, el mundo por venir. El mundo en el que vivimos, nuestras realidades, nuestras vidas, están mutando y nuestros sueños son un reflejo de esas transformaciones celestes en medio de la luminosidad del universo.

John J. Winkler, profesor de estudios clásicos en la Universidad de Stanford, en su libro Las coacciones del deseo, realizó una investigación sobre las dinámicas de las regulaciones sexuales y la construcción de las identidades de género en la antigua Grecia, analizando las relaciones de poder, los simbolismos, significados y restricciones culturales. En la primera parte de su libro, Winkler hizo un estudio minucioso de la Oneirokritiká (Análisis de los sueños) de Artemidoro de Daldis, un analista de sueños que viajó por las principales ciudades griegas. Winkler, por medio del estudio de los textos de Artemidoro, observa que las lógicas discursivas de los comportamientos y actos eróticos se encontraban subrogadas bajo dos elementos principales que son naturaleza (phüsis) y convención (nomos). Sin embargo, concluye que en donde se lee “naturaleza” en realidad quiere decir “cultura”, pues “Artemidoro usa la palabra “naturaleza” no como un juicio de valor, sino como un término categórico para señalar un límite importante en este campo de la significación social. Por “antinatural” entiende simplemente que ciertos actos son imposibles o irrelevantes, es decir, son no significativos dentro de los términos del significado social del sexo” (p. 56). Uno de los elementos clave del estudio que hace Winkler sobre la Oneirokritiká de Artemidoro es que, en los significados, mensajes y simbolismos de los sueños, se reflejan y cristalizan las regulaciones, las normativas, los límites y las posibilidades de una cultura en un tiempo, contexto y lugar determinado. En este caso, las coacciones del deseo también tienen que ver con hechizos mágicos, encantamientos míticos, las farmacologías para remediar el mal de amores y los sueños de amor donde las flechas envenenadas de Eros son el detonador de las pasiones, los goces y los tormentos.

Por otra parte, es sabido la importancia que dio Sigmund Freud al análisis de los sueños de los modernos. La interpretación de los sueños es el libro fundacional del psicoanálisis. En sus páginas encontramos un tratado epistemológico sobre el deseo, el primer estudio formal de las manifestaciones y formaciones del inconsciente y una minuciosa indagación sobre las dinámicas de los sueños (desfiguración y figuración de símbolos oníricos, olvido, recuerdo y rememoración, afectos, pulsiones y emociones involucradas, procesos constitutivos como la represión, la condensación y el desplazamiento en las composiciones y arquitecturas al soñar, etc.). La tesis más importante de este libro de Freud no es sólo que los sueños son una vía regia de acceso a los deseos inconscientes, sino que los sueños son, por sí mismos, un cumplimiento del deseo.

A lo anterior, Jacques Lacan (lector de Freud) complementó que los mecanismos oníricos de construcción de los sueños freudianos (condensación y desplazamiento), son también los mecanismos discursivos de las formaciones del inconsciente (metáfora y metonimia), pues el inconsciente está estructurado como un lenguaje. En este sentido, para Lacan el deseo y su interpretación es un acto que se realiza en el diálogo analítico, mediante una operación de lectura, escritura e intervención sobre los significantes y las letras cuyo efecto son la aparición evanescente del sujeto del inconsciente.

Los deseos son articulados por elementos significantes y circuitos pulsionales, cuya formación manifiesta puede devenir en un sueño. Pero además no se trata únicamente de que el sueño sea un cumplimiento del deseo a interpretar, sino que el sueño es ya la interpretación del deseo que lo constituye. En otras palabras, si podemos leer los elementos significantes presentes en la escritura de nuestros sueños, es porque los sueños son ya una operación de transliteración de nuestros deseos, es decir, el sueño es la interpretación del deseo. En nuestros sueños podemos leer la interpretación significante, el cumplimiento manifiesto y la construcción latente de nuestros deseos.

Los deseos son articulados por elementos significantes y circuitos pulsionales, cuya formación manifiesta puede devenir en un sueño; no se trata únicamente de sea un cumplimiento del deseo a interpretar, sino es ya la interpretación del deseo que lo constituye.

La filósofa transfeminista Carolina Meloni con Sueño y Revolución, siguiendo la senda abierta por Freud y Lacan, pero llevando sus tesis a una radicalidad política, queer y mutante, ha escrito el libro más importante sobre los sueños, el deseo y el inconsciente de la última década. Meloni, sin descuidar que en los sueños se reflejan los significantes culturales de un tiempo determinado y que esos significantes son los que perfilan los reflejos y las narrativas de los deseos y las manifestaciones del inconsciente, ha sacado el diván a la plaza pública, desechado la falacia de Edipo y desafiado al conservadurismo del psicoanálisis pastoral, para ofrecernos un nuevo tratado sobre la insurrección de las máquinas deseantes y los órganos sin cuerpo (Gilles Deleuze y Félix Guattari). Para Carolina, las flechas de Eros son las armas de las guerras del fin de la epistemología binaria de la diferencia sexual en el colapso pandémico del Antropoceno y el sueño es la manifestación del deseo de la revolución de las micropolíticas de los afectos, el placer y el amor, al mismo tiempo que la revolución es el sueño de las multitudes queer.

De esta manera, el significante “revolución” es la interpretación, la manifestación, la materialización del deseo onírico de Meloni, al mismo tiempo que sus sueños se derraman, despliegan y atraviesan las fronteras de los continentes, la realidad y la fantasía, los recuerdos y las esperanzas, en húmedas, afectivas, dolorosas y cariñosas reflexiones para disolver los litorales y demostrar que nuestras vidas son rizomas. Para Carolina Meloni, sus sueños son el cumplimiento del deseo de la revolución, mutación y transformación planetaria en los confines tecnocientíficos de la era farmacopornográfica, al mismo tiempo que el deseo de revolución es el sueño impulsor de su escritura.  

Construido a modo de ensayo filosófico, fábula mestiza y narrativa literaria mezclada en una prosa accesible, estimulante y potente, Sueño y Revolución es una compilación de insomnios, obsesiones, temores, orgasmos, deseos y placeres que Carolina Meloni escribió durante el 2020. Contrario a la creencia de la ortodoxia freudiana de los lacanianos (marca registrada), el deseo no es únicamente el efecto de los objetos a (Lacan), de las faltas o carencias constitutivas de un sujeto castrado en una epistemología patriarcocolonial (Preciado), sino también la fuerza, el impulso y la potencia de los cuerpos mutantes, de los anormales y de los monstruos de las multitudes queers.  

Para Carolina Meloni, sus sueños son el cumplimiento del deseo de la revolución, mutación y transformación planetaria en los confines tecnocientíficos de la era farmacopornográfica; el deseo de revolución es el sueño impulsor de su escritura.  

El punto de partida es una espantosa pesadilla impulsada por la erótica de un duelo en tiempos de encierro pandémico. La pesadilla del sueño de las ratas de Meloni es una narración del horror provocado por el sufrimiento del recuerdo de la muerte de su padre. El escenario es una habitación luctuosa de otro tiempo, donde el espectro sin rostro del padre se transforma en un cadáver pudriéndose junto con una manada de ratas que se lanzan sobre el cuerpo de Carolina al abrir un viejo armario con ropa sucia, en una perturbadora pesadilla que obliga a despertar no a la realidad inmediata, sino al espacio fantasmagórico de una casa tomada por alteridades ominosas. Los juegos metonímicos nos llevan entonces por los significantes de la encriptación del dolor, de la muerte y la tristeza, para develar de manera estridente que “toda crisis trae consigo cierta perturbación del espíritu” (p. 63), que las catástrofes provocan mutaciones, desequilibrios y reorganizaciones de las esferas de la vida, el tiempo, el espacio y la distancia, y que nuestras pesadillas más siniestras también anticipan la revolución que adviene. Sin embargo, afrontar, enfrentar y tomar la fuerza creadora de las pulsaciones de los sueños no sólo implica situarse ante el umbral indómito de su energía disruptiva y en ocasiones espeluznante, sino, ante todo, perder el miedo y reconocer en el encriptado de eso ominoso que nos aterra, lo familiar de nuestros más íntimos, inconfesables y por lo tanto potentes deseos.

No obstante, siempre hay costados siniestros, oscuros, no siempre admisibles o reconocibles de los impulsos que provocan los deseos en la subjetividad colectiva y su reflejo en los sueños singulares de un tiempo determinado. Los miedos a las amenazas del exterior que se clavan como espinas frías en la fragilidad y vulnerabilidad de nuestra carne, también configuran los laberintos de nuestras obsesiones y tiñen la sensibilidad de nuestros filtros con el mundo, las personas y las situaciones que nos rodean. Al modo de una banda de Möbius, de un toro o una botella de Klein, los sueños forman parte de la realidad material que nos configura, pero también en sus signos, sus formaciones y sus montajes, se reflejan, plasman y capturan las imágenes de las catástrofes, las batallas, los desastres, las tragedias y las muertes de la realidad circundante e inmediata. En Más allá del principio del placer Freud localizó en la compulsión a la repetición y en las pesadillas de los traumatizados de guerra, el elemento más cruel y tormentoso del trauma: siempre se revive en el sueño el momento de mayor terror hasta que, de alguna manera, mediante una compleja operación, puede ser subjetivado el impacto del encuentro con lo real, eso demasiado real y desprovisto del ropaje simbólico e imaginario, que es la muerte.

Las preciosas postales de los dibujos que María Maquieria ha diseñado para el libro

Del mismo modo, las larvas y las necrosis de las máquinas totalitarias van minando, contaminando y pudriendo nuestra carne, así como colonizando, disciplinando y normativizando nuestro inconsciente. El ejemplo más interesante que nos brinda Meloni sobre este punto, es el comentario del libro El Tercer Reich de los sueños de Charlotte Beradt, que podemos leer “como una verdadera cartografía del inconsciente colonizado por el miedo y el terror totalitarios, una topografía casi gráfica de la permeabilidad entre el exterior y el interior que nos constituye, ayudándonos a comprender cómo la polis y sus dispositivos tentaculares se introducen de manera silenciosa en la intimidad de nuestra psique” (p. 79). Ante esto, la distinción que realiza Carolina (siguiendo a Deleuze y Guattari) de macropolítica de los Estados totalitarios y la molecularidad de los fascismos, revela las grietas, fisuras, temblores y flexibilidades de las microfiguras del poder. Localizar estos núcleos micropolíticos contagiosos y sutiles del fascismo es una tarea crucial e importante porque, como bien afirma Meloni, “no hay edificio, por bien construido que se encuentre, que no termine sucumbiendo a la microfuerza deconstructiva de una grieta. Sin embargo, una subjetividad completamente infectada por un régimen colonizador termina por construir mundos a su imagen y semejanza, sometiéndose, incluso sin saberlo, a todos sus siniestros designios” (p. 87). Los miedos (sean íntimos o colectivos, totalitarios o singulares, particulares o compartidos), el aislamiento, las experiencias traumáticas, la fragilidad, el silencio, el temor al porvenir y la vulnerabilidad inherente de los cuerpos, reorganizan el mundo, nuestra vida y nuestros sueños. Pero también las mutaciones que podemos experimentar al soñar pueden prolongarse hacia las esferas macropoliticas, mediante los tentáculos de las fuerzas pulsionales de las micropolíticas del deseo y los usos reflexivos y subversivos de los placeres. 

“no hay edificio, por bien construido que se encuentre, que no termine sucumbiendo a la microfuerza deconstructiva de una grieta. Sin embargo, una subjetividad completamente infectada por un régimen colonizador termina por construir mundos a su imagen y semejanza

En el tratado de filosofía contrasexual Testo Yonqui, Preciado afirma que “somos el universo follando”; en el tratado de filosofía transfeminista y contrasexual Sueño y revolución, Meloni ha mutado su carne, embriagándose y drogándose con sus propias fantasías, flujos, secreciones, humedades e intensos orgasmos, proporcionando un valioso testimonio sobre las transmutaciones que podemos experimentar a través del placer. Es la crónica de una estética de la existencia renovada, siempre fluida, inestable y mutante vía el placer y el deseo en los sueños revolucionarios. Mediante relatos oníricos en los que Carolina experimenta metamorfosis en sueños febriles y orgásmicos, narrados a manera de ficción con el lenguaje del inconsciente, podemos conocer a seres que habitan en los confines del reino de sus deseos, pesadillas y goces. Para Meloni “no hay sexo sin mutación animal. Sin esa estela ácida que exudan las bestias. Multitudes de seres diversos y polimorfos nos visitan e invisten en cada encuentro sexual. Nos transformamos en auténticas perras en celo, en felinos seductores, en cervatillos cazados por un depredador, en serpientes que silenciosamente se deslizan por cartografías dérmicas” (pág. 113-114).

En el libro vamos a encontrar una colección de relatos escritos a partir de la reconstrucción de sueños húmedos, mutaciones de ropajes somáticos y revoluciones microsexuales que se extienden hasta el universo de los placeres y los goces de las más exquisitas novelas eróticas del presente siglo. Carolina en su libro folla con lujuria, vehemencia y pasión demencial con pulpos, jaguares, escarabajos, seres multiformes que son la encarnación inmaterial y microfísica de la energía del universo. Es la potentia gaudendi (Preciado) entrando y saliendo por cada uno de sus orificios, chorreando y derramándose en el cielo estrellado y luminiscente de los reinos de los sueños y los deseos. Las quimeras de los goces se despliegan en relatos oníricos de orgasmos bestializados que desbordan y disuelven los litorales de lo arcaico, lo mítico y lo erótico, en fragmentos de penetraciones al Sur, sin localizaciones exactas, pero con cartografías dérmicas precisas que dibujan pequeños mapas en la piel del deseo con las tintas de las sombras de la noche. Ella se corre en el papel, lo que salé a chorros de su coño son tintas húmedas y vitales que humedecen y disuelven el alquitrán de las distancias y las porosidades del cemento de los edificios, destellan fulgores que calientan y hacen arder los cristales translúcidos de las pantallas digitales y se hacen efigie en sugerentes ilustraciones que capturan en instantes las leyendas extrañas de lo indómito. De su suculento coño brota el agua refrescante y deliciosa de la contrasexualidad mutante de los ángeles cósmicos que nacen del cadáver de las larvas. 

Carolina en su libro folla con lujuria, vehemencia y pasión demencial con pulpos, jaguares, escarabajos, seres multiformes que son la encarnación inmaterial y microfísica de la energía del universo.

Existen mutaciones verdaderamente insólitas. Del barro y la tierra, de la carne y sus desechos, del musgo y las concavidades surgen mundos inconcebibles, transformaciones que, por su belleza, nos sitúan al borde de lo infinito. Orugas, gusanos, lombrices y crisálidas llevan a cabo metamorfosis mágicas, en las que anodinos seres pueden llegar a convertirse en criaturas sublimes. Extrañas paradojas de la naturaleza si pensamos que muchos de estos pequeños organismos suelen anidar o habitar en ocasiones las excrecencias del mundo. ¿Qué tipo de potencia creadora y vital emerge del interior de estas ínfimas criaturas para generar esas revoluciones ontológicas? ¿Qué transmutaciones alquímicas llevan a cabo insectos y organismos, que los embarcan en procesos que modifican toda su existencia? Verdaderos temblores tectónicos que nuestra ceguera antropocénica es incapaz de detectar, capaces de metamorfosear en breves lapsos de tiempo toda la estructura vital de una minúscula larva. (pág. 145-146).

El chamanismo mutante, macroexperimental y dildotectónico desplegado en sus relatos oníricos, es el registro de un viaje por el valle de deseos extraños, sugerentes, míticos y mestizos que a la vez son la multiplicidad de las filiaciones y la discontinuidad de lo racional, para mostrar que la poesía somática es una micropolítica revolucionaria. Teriantropías, Runa uturunco, Tanatocresis y Caro Data Vermibus son los cuatro fragmentos onírico-políticos en los que Meloni describe otras formas de follar, de habitar, de estar y de convivir con nuestros placeres, cuerpos e ilusiones. Inspirada en Deleuze y Guattari, las crónicas de sus viajes oníricos le han permitido describir, reflexionar y profundizar en la teoría filosófica del devenir y de las mutaciones somatopolíticas con el deseo. Los órganos sin cuerpo (Deleuze y Guattari) son fragmentos corporales, pulsiones parciales, circuitos significantes o trozos de nuestra carne, músculos, piel y agujeros que por instantes se desprenden de sus funciones antropomórficas para devenir therion. Por instantes podemos serbestias sedientas de sexo, sangre, testosterona, estrógenos, semen, orina, flujos, con fauces que quieren morder, desgarrar, devorar y engullir a los amantes. A ese therion que nos habita, esa bestia que duerme en nuestra carne, sólo puede apaciguarla la ternura, el cariño, el amor, los besos y los abrazos luego de los seísmos que provocan sus éxtasis expresados en gritos, gemidos y aullidos primitivos en la vorágine del encuentro con la alteridad y en una atmósfera de caoscosmos.

¿Quién no ha transitado esos devenires inauditos, esas regresiones animales, esas simbiosis corporales que nos conectan con nuestra más pura alteridad? ¿Quién no se ha bestializado en un grito orgásmico? ¿Acaso no hemos mordido o arañado cual fieras sin control? Huyamos, pues, de aquellos amantes que se empeñan en anclarnos a sexualidades molares, segmentarizadas en pares dicotómicos, edipizados y neuróticos. Follemos, como pulpos o manadas, con la fuerza disruptiva de hordas capaces de reventar y poner patas para arriba toda alcoba heteropatriarcal. Que nuestras experiencias sexuales se conviertan en auténticas revueltas callejeras, máquinas de guerra revolucionarias, fuegos incendiarios y barricadas, conmociones y movimientos tectónicos que produzcan réplicas y temblores durante días. Poblemos la tierra con nuestros deseos y gemidos. Que nuestros cuerpos y miembros reproduzcan esas extrañas conexiones multiespecies, híbridas y simbióticas que se dan en la naturaleza. Mutemos y cambiemos de piel, deshaciéndonos de nuestros ropajes somáticos humanos, abrazando disfraces insólitos y desconocidos. (pág. 114-115)

Los tentáculos de los sueños de Carolina, con sus ventosas húmedas y extasiantes, se despliegan para seducir los inconscientes de las multitudes e involucrarlas en orgías cósmicas de revoluciones moleculares y ardores febriles que hacen retumbar con luminosidad y alegría el renacer del universo. Uno de los efectos más interesantes del libro es su potencialidad y capacidad para hacernos soñar. Parece poético, pero es la verdad. La lectura de Sueño y revolución produce la formación de deseos inconscientes manifestados en sueños eróticos y pesadillas con montajes ambiguos que envuelven, transforman y crean en los movimientos que extiende en las rarezas, el placer y los afectos con la experimentación somática. Se trata de deseos mutantes que hablan, dialogan, follan, reinventan, resignifican, escriben, cantan, gritan, bailan, se vienen a raudales entre los flujos, los tráficos y las travesías de los inconscientes moleculares. “Construimos desde territorios distintos, otros afectos, otras intensidades y emociones. Verdaderos acontecimientos que brotan y germinan en nuestros deseos, como esos efímeros halos de luz que anuncian una tormenta” (p. 132). Potencializar el uso reflexivo de los placeres, el registro de las transfiguraciones oníricas y las metamorfosis de nuestras fantasías a través de los sueños revolucionarios son la poesía somática, la filosofía trasnfeminista, la prótesis gramatical y los flujos de energía que anuncian una nueva estética de la existencia indomable y la reinvención de lo que hasta ahora habíamos podido desear.

El deseo es revolucionario y la revolución es el deseo, porque el deseo desregula, hace estallar y colapsa los mecanismos normativos, disciplinarios y coercitivos de la prisión heterosexual, binaria, necrobiopsicopolítica y capitalista de los cuerpos vivos. Hacer deseable lo que soñamos y soñar con lo que deseamos es el primer paso, crucial y necesario, para materializarlo y hacerlo realidad. En este sentido, soñar con la revolución es desearla al mismo tiempo que revolucionar los sueños es un acto insurrecto y transformador. Mediante el registro de sus cartografías dérmicas, Carolina nos ha proporcionado un mapa topológico del deseo y las arquitecturas del placer, el duelo y la esperanza.

El deseo es revolucionario y la revolución es el deseo, porque el deseo desregula, hace estallar y colapsa los mecanismos normativos, disciplinarios y coercitivos de la prisión heterosexual, binaria, necrobiopsicopolítica y capitalista de los cuerpos vivos.

Los deseos plasmados en las reflexiones filosóficas y las narrativas oníricas de Carolina Meloni, despliegan flujos pulsionales que tejen redes microfísicas de estimulación, provocación y excitación de los cuerpos que entran en contacto con su escritura. Éxtasis textual, orgasmos queers, fuentes de humedades salpicadas con polvo estelar, masturbaciones intelectuales, derrames de flujo, semen, tinta, sangre y orina plasmados en pequeños manifiestos contrasexuales sobre follar con el universo, eso es Sueño y revolución. El manantial de sus reflexiones es un oráculo sobre la melancolía, el duelo, la tristeza, el dolor, la muerte, la alegría, el amor, las querencias, la proximidad, la cercanía y los afectos moleculares. “Enesas querencias amorosas, en esos ecos y resonancias de los cuerpos, reside la potencialidad creadora de todo acontecimiento político por venir” (pág. 238). La principal lección que nos propone el libro es que el acto de soñar es un modo de subjetivación política al mismo tiempo que una técnica de sí.  Las bases de las revoluciones moleculares son los deseos plasmados en los sueños y esa es una potencia política del devenir de las máquinas deseantes.

Finalmente, la parte más conmovedora del libro son los fragmentos en los que Carolina nos invita a reflexionar sobre la ternura y los cuidados como nidos y refugios de amor, afectividad y querencias. Se trata de la fuerza pulsional y reconfortante de los abrazos, de la dulzura de las caricias donde se calman nuestros miedos, del refugio que son las pieles de los amantes sudando al hacer el amor y gimen al unísono mientras se unen en un tango de éxtasis y placeres. La ternura, el amor y los cuidados son los mayores actos micropolíticos y revolucionarios, porque transforman la vulnerabilidad y la fragilidad en cualidades del devenir molecular de los acontecimientos que hacen de la poesía somática una política libertaria. “Soñar y no dejar de soñar, de con-fabular, de conspirar juntas. Abrirnos a la insurrección que emerge de nosotras. Pues no hay revolución posible sin utopía, sin imaginación poética y poietica, creadora de mundos, de formas diferentes de habitar, de convivir” (pág. 251). Los nidos que construye Carolina con su escritura son espacios heterotópicos y utópicos que incluyen la intimidad de nuestros cuerpos, las constelaciones de las redes afectivas, las percepciones sensoriales y la memoria del devenir en los umbrales de nuestros sueños como los signos de una revolución de transmutaciones del deseo.

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