Los tránsitos digitales de los cheesecakes

El internet, los smartphones y las aplicaciones son herramientas prostéticas que se han instalado en los sistemas cognitivos de nuestros cuerpos. La energía eléctrica de internet es una prótesis digital que ha hecho mutar nuestra percepción del transcurrir del tiempo y las distancias. Las pantallas son umbrales que permiten, como un espejo mágico, el tránsito de los órganos sensoriales de los afectos desbordando los confines políticos de los cuerpos.   

En el artículo La revolución de las pantallas cálidas: por un ciberfeminismo desde los cuidados, el lúcido Sergio Vega nos habla del poder de la vitalidad contenida en el “ahora” y de su relación con las ficciones encarnadas de la construcción de la identidad, las categorías y metáforas con las que operan sus performativas y de los márgenes disidentes de los discursos. Su argumento subraya la importancia de reconocer que Los miembros de la comunidad (si algo así existe) LGTBQ+ necesitamos conversar, necesitamos realizar un duelo personal y colectivo que intuyo aún no hemos completado. No sé ni siquiera si lo hemos iniciado”. 

En ese anhelo de conversar, hay un deseo de compartir los afectos, intercambiar los recuerdos, comunicar la nostalgia y ensalmar el dolor. Sergio nos invita a escribir los archivos del futuro sobre la memoria del presente con los afectos, las ternuras y los cuidados de las efigies del pasado. Así, del abrigo físico y su registro en las fotografías de otro tiempo, nos lleva a los refugios digitales, esos espacios de virtualidad digital que hoy se pueden sentir más cercanos y presentes. Sergio nos propone La Revolución de las pantallas cálidas. Esas pantallas cálidas nos permitirán conversar en un diálogo incesante, cargado de esperanza, sin imposturas. Un hablar sobre nuestros afectos, nuestros romances adolescentes que no fueron, nuestros cuerpos y sus cientos de posibilidades; deshacernos de la máscara, aprovechar todo eso que las artistas y activistas ciberfeministas vienen haciendo desde hace ya casi tres décadas y de las que tenemos tanto que aprender: compartir archivos, hacer de la impostura o de la furia sin sentido otro espacio para la alianza”.

En ese anhelo de conversar, hay un deseo de compartir los afectos, intercambiar los recuerdos, comunicar la nostalgia y ensalmar el dolor. Sergio nos invita a escribir los archivos del futuro sobre la memoria del presente con las ternuras y los cuidados de las efigies del pasado

Retomo aquí las ideas de Sergio Vega, porque creo que sus palabras describen una mutación en ciernes y una revolución en curso. Una muestra de esa revolución mutante que me gustaría narrar, es una experiencia singular que tuve el año pasado con otra pantalla cálida que literalmente se materializó como un postre en mi hogar. El 10 de noviembre es mi cumpleaños. Lo más común y frecuente es recibir afectuosos mensajes de felicitación a través de las redes de Facebook, Twitter o Whatsapp, así como una o dos llamadas telefónicas, pero en el 2020 algo distinto se añadió a lo anterior. En medio de la pandemia, con la vida semiconfinada y las posibilidades de lugares para la celebración restringidos, recibí un regalo inesperado a través de la pantalla cálida de un amigo. 

En un extremo del umbral de luz me encuentro yo, acostado en mi cama en la ciudad de Querétaro, en el otro lado de la pantalla se encuentra él, en su cama en San Cristóbal de las Casas, en Chiapas.  Mientras que 1.120 km de distancia separan nuestros cuerpos, los cables, la electricidad y la luz crean un espacio virtual en el que habitamos, hablamos y nos leemos simultáneamente. De pronto él tiene la ocurrencia de mandarme un pastel por delivery. Me pide mi dirección y cuando la ingresa en su aplicación de entrega de comida, aparece en su pantalla un mapa de las pastelerías cercanas a mi hogar. En ese instante la topología se pliega, las distancias se relativizan y la cronología se exterioriza en instantes de manipulación táctil. La operación de selección, pago y entrega del postre no demora más de veinte minutos, mientras nosotros seguimos en nuestras respectivas camas. En cuestión de instantes tengo en mi mesa un cheesecake con mermelada de zarzamoras que, acompañado de café americano, será mi suculento desayuno durante una semana completa. 

El dulce gesto de ese regalo, inesperado, físico y digital al mismo tiempo, me hace volver a fantasear con ese amigo al que tanto aprecio. Lo conocí en un congreso, estábamos en la misma mesa de trabajo y recuerdo que nos hablamos porque nuestros temas de investigación eran similares. Hubo entre los dos una conexión inmediata. Luego de finalizada la actividad académica tuvimos una larga conversación sobre lo queer, las críticas a la masculinidad y la antropología política del sexo. Paulatinamente nos hicimos amigos, hoy hablamos a diario y nos hemos acompañado desde entonces. Pienso mucho en lo maravilloso que habría sido ser compañeros de facultad. Lo imparables que habríamos sido con los trabajos escolares y las presentaciones académicas. Me produce mucha alegría conocerlo y soy feliz por saber que mantenemos un vínculo afectivo, un lazo de amistad, una micropolítica del deseo. Me parece un muchacho adorable, creo que es un excelente investigador y sé que tendrá un futuro brillante en el campo intelectual. Nuestra amistad y cariño se despliega en las conversaciones, las imágenes y los emojis que compartimos a través del espacio creado por los puentes de luz, mientras nuestras pantallas se miran. 

El umbral que produce la conexión a través de la prótesis del internet entre smartphones permite unir dos o más espacios en un mismo tiempo. La calidez de las pantallas proviene de la luz de los afectos. Las pantallas son el implante electrónico de una nueva piel en la era de las tecnociencias. La sensibilidad, los afectos y los nuevos procesos de subjetivación se producen en el cruce experimental de imágenes, cuerpos y sonidos. La inmediatez de los pulsos eléctricos traducidos en mensajes visuales y sonoros, nos permiten una cercanía inusitada que nos conecta y acompaña en la vida cotidiana. 

El umbral que produce la conexión a través de la prótesis del internet entre smartphones permite unir dos o más espacios en un mismo tiempo. La calidez de las pantallas proviene de la luz de los afectos. Las pantallas son el implante electrónico de una nueva piel

Nos encontramos inmersos en un proceso de mutación en el que habitamos una forma de vida digital. Del mismo modo que la realidad digital constituye una nueva naturaleza y los smartphones y el internet son prótesis y extensiones de nuestros cuerpos, las aplicaciones son operadores de subjetividad y gestores de sensibilidad y afectos. En este sentido, mi anécdota del tránsito de los cheesecake con mermelada de zarzamora es otra forma de narrar la revolución de las pantallas cálidas en la era de las telecomunicaciones. Las formas heterogéneas en que se van produciendo estas revoluciones micropolíticas de los afectos son un signo de que nuestros cuerpos están mutando. Estas mutaciones nos permitirán crear otros mundos, escribir esperanzadoras políticas de los cuidados y explorar la invención de nuevas poéticas libertarias. 

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