Hay un ejercicio terapéutico al que casi todas las personas que hamos pasado por terapia nos hemos enfrentado al menos una vez. Imaginarse en una habitación con todas tus “yo” de distintas edades y preguntarte qué les dirías. A algunas todavía les guardas rencor; a otras querrías cuidarlas y salvarlas de todo lo que les puede ocurrir; con algunas ya estás reconciliada y con otras estás aprendiendo, lentamente, a convivir.
Hay un precioso cuento de Sandra Cisneros en el que se habla de la edad humana como la de los árboles, un cúmulo de anillos. En ese relato, una niña que cumple once años en clase siente que dentro de ella conviven todas sus edades anteriores: los cinco, los siete, los ocho, los diez. Ninguna desaparece; todas siguen ahí, reclamando espacio, voz y cuidado. El cuento se titula El cumpleaños número once y forma parte del libro Woman Hollering Creek and Other Stories, una obra fundamental de la literatura chicana que explora la identidad, el género y la herida íntima que deja crecer en contextos de violencia simbólica y material.

Leer esta novela es un ejercicio muy similar. A través de una narración ágil y profundamente emocional, la autora nos invita a encontrarnos con todas sus «Aris» —con todas esas versiones de sí misma— a lo largo del tiempo. En sus páginas aparece una niña herida, profundamente triste, criada por una madre autoritaria que controla cada centímetro de su cuerpo y de su deseo. Esa vigilancia constante empuja a la protagonista a buscar el amor en los lugares equivocados y a seguir avanzando sin mirar atrás, incluso cuando hacerlo duele.
Uno de los grandes valores del libro es su ritmo. La novela es agilísima: los diálogos son rápidos, precisos, vivos. Los momentos se encadenan con naturalidad y permiten comprender cómo se han ido desarrollando los personajes a lo largo del tiempo. Las distintas etapas vitales se enlazan mediante pequeñas pinceladas que la autora ofrece con inteligencia y sensibilidad, sin subrayados innecesarios, confiando en la memoria emocional de quien lee.
Otro de los aciertos fundamentales es el gesto de genealogía. La novela nombra y convoca a otras mujeres, a referentes que aparecen como sostén cuando todo se desmorona. Porque, cuando estamos perdidas, menos mal que tenemos a las otras: las redes de amigas, de amantes, pero también a las maestras y a las escritoras que pusieron palabras a lo que atravesaba nuestros cuerpos mucho antes de que nosotras pudiéramos entenderlo. Esa conciencia colectiva, feminista y profundamente política atraviesa todo el texto.
Esta primera novela ha sido, para mí, una sorpresa absoluta. Es cierto que tengo un cariño personal hacia la autora, Loreto Ares , pero es que está novela puede ser uno de esos agradables descubrimientos literarios como la que recientemente tuvimos con Seismil, de Laura C. Vela.
Estamos ante una obra tierna y triste, pero también luminosa, escrita con la misma fragilidad y fuerza que sus protagonistas. Es una novela que no pretende dar lecciones, sino acompañar, y ahí radica buena parte de su potencia.
La autora, nacida en el ámbito del activismo cultural y feminista, ha desarrollado su trayectoria entre la escritura, la reflexión política y el trabajo con comunidades. Su mirada literaria bebe del feminismo contemporáneo, de las narrativas del cuerpo y de las experiencias de clase y género, construyendo una voz propia que dialoga con la tradición sin perder radicalidad ni ternura.
La novela está publicada por Disbauxa Editorial, una editorial independiente que apuesta por formatos híbridos y por maneras no convencionales de entender la literatura. En este caso, la elección resulta especialmente acertada: el libro encaja a la perfección en un catálogo que piensa la escritura como espacio de riesgo, de exploración y de cuidado. Una editorial —y una novela— que merece ser leída con atención y tiempo.
¿Estamos bien? Ay, queridas. Estamos bien.
Puedes hacerte con este libro en tu librería preferida o en el web de Disbauxa Editorial
La imagen de la autora es de Lara Santaella