No salgo de mi cabeza. La luz es siempre la exterioridad. No hay un afuera en los cuerpos, entonces qué cosa es la voz. El cerebro no es una puerta de salida, es una cárcel.
«Colores monstruosos», El horizonte del grito
Maximiliano Barrientos
En una entrevista que Carl T. Ford le realizó —publicada en el muy recomendable Nacido para el miedo. Entrevistas a Thomas Ligotti (Valdemar, 2024)—, Thomas Ligotti comenta que «el horror no es una cuestión de metafísica sino de emociones. Por eso la atmósfera es tan importante… es la señal y el generador del significado; puede acelerar un acontecimiento objetivamente neutro con emoción». Horror, emoción y acelerar son vocablos que describen perfectamente la estética de Maximiliano Barrientos. No pocos intereses comunes unen a ambos escritores: tanto en la obra del boliviano como en la del maestro de Detroit, el ser humano no es más que un diminuto grano de sal en el universo. El horror de ambos es cósmico, manido pero certero adjetivo, que se refiere a ese miedo a lo desconocido que decía H. P. Lovecraft, el temor de que lo que existe aunque aún no hemos catalogado surja. En palabras del propio Ligotti en La conspiración contra la especia humana (Valdemar, 2020): «Ese es el tema central del horror sobrenatural: algo terrible en su ser hace aparición y reclama su lugar como copartícipe en nuestra realidad y sólo nuestra». Sin embargo, mientras que para Ligotti, pesimista declarado, tras el fin no hay más; para Barrientos el apocalipsis no parece suponer el final —solo del mundo que conocemos—, sino, como la Muerte en el tarot, el comienzo de un otro nuevo. Comenta el propio autor en una entrevista: «La incapacidad de imaginar el futuro, para un crítico como Frederic Jameson, es uno de los rasgos del posmodernismo, es por eso que lo que hace es reciclar versiones del futuro de generaciones pasadas. Quizás haya algo de eso, pero también resulta muy seductor imaginar el colapso de la civilización porque a través de este imaginamos el fin del capitalismo».
A Barrientos le interesa «cuestionar los límites de lo natural y de lo que no lo es», ocuparse, en palabras de Donna Haraway, «de la interpretación de fronteras entre yoes problemáticos e inesperados otros, así como de la exploración de mundos posibles en un contexto estructurado por la tecnología transnacional. Los sujetos sociales emergentes denominados “inadaptados/ables otros” habitan tales mundos» (Las promesas de los monstruos. Ensayos sobre Ciencia, Naturaleza y Otros inadaptables, Holobionte, 2019); asimismo, más que la de la ciencia ficción, Barrientos tiene en cuenta la capacidad especulativa del horror, señalada por Lovecraft en su célebre El horror sobrenatural en la literatura (1927). Es decir, le gusta la hibridez. Al hilo de esto último, comenta Maielis González en el prólogo de la novela Zen’nō, de Karen Andrea Reyes (Orciny Press, 2023), que «la ciencia ficción latinoamericana nació ya híbrida, enrarecida y mutante. Sus primeros exponentes beben tanto de los clásicos como de los escritores y escritoras de la llamada Nueva Ola, que cambiaron radicalmente las reglas y los sobreentendidos alrededor de este género […] Ya en el siglo XXI, con las poéticas de Jorge Baradit, Erick Mota, Luis Carlos Barragán, T. P. Mira de Echeverría o Ramiro Sanchiz —por solo mencionar autores con un estilo muy distinto— se vuelve evidente que uno de los caminos más interesantes por los que transita el género de la ciencia ficción es aquel donde entra en contacto con lo incognoscible. Y este contacto propicia que el efecto producido por esta literatura no sea solo el de extrañamiento cognitivo, necesario para estar en presencia de la ciencia ficción, sino también el del horror, el asco, el desasosiego o la completa desestabilización de lo que damos por seguro en nuestro universo». Una lista en la puede añadirse al de Santa Cruz de la Sierra perfectamente.
Y es que los nueve cuentos que componen El horizonte del grito (2024), publicado por la editorial barcelonesa Lava, aparte de una ampliación del fascinante universo de su autor, suponen una muestra de narraciones polimórficas, en forma y contenido, en significante y significado, que se niegan a la delimitación, a ser solo una etiqueta: son ficción especulativa o ciencia ficción, weird, horror sobrenatural, thriller oscuro, body horror, e incluso lírica.

Para entender ese borrado de fronteras, vuelvo a los dos vocablos extraídos de la cita de Ligotti. Por un lado, tenemos el acelerar. La Velocidad, con mayúscula. Una prosa acelerada y endemoniada como un riff de Sodom o de los primeros Celtic Frost —sin desmerecer a los últimos: A Dying God Coming Into Human Flesh es perfecta compañía mientras se lee cualquiera de los relatos— que anula cualquier demarcación o frontera entre acepciones, donde un término polisémico puede ser todas sus acepciones a la vez: el metal es género musical y elemento. El concierto es un ritual; el ruido, una conciencia que se palpa, se ve. De la misma manera que la luz y los colores se escuchan. Las máquinas respiran, los árboles se componen de circuitos. Si de alguien se dice que florece, lo hace en sentido literal, no metafórico.
La corporalidad no es solo carne humana, sino también metal y hojas: ojos, raíces, bujías, sangre, savia, aceite de motor, etc. Son todo amputaciones o piezas del mismo horror corporal —maquina/cuerpo/vegetal—. Solo a través de un accidente, de la unión madera, metal y carne, se trasciende del estado material: «Tené paciencia, dijo el ruido. Pronto habrá solo cosas. Autos amontonados en carreteras y edificios abandonados y cines consumidos por la vegetación. Las botellas de whisky no se diferenciarán de los huesos humanos. Nadie habrá para mirar y constatar la diferencia. En eso consistirá la plenitud del mundo».
Son relatos narrados además desde un tiempo en el que pasado/presente/futuro y realidad/sueño/recuerdo no quedan claros, porque en verdad son todo lo mismo. Ni siquiera tus pensamientos son tuyos, sino de todos. «Ya no hay un sí mismo. ¿No te das cuenta? Hace mucho que eso no aplica».
La lectura de El horizonte del grito genera una sensación extraña, desconcertante. De ahí las emociones, el otro término de la cita de Ligotti. El afecto de inquietud que sentimos ante una amenaza —fantasma, monstruo, psychokiller, etc.— que agrede a un (o varios) personaje es lo básico en una historia de miedo. No solo lo dice Ligotti, sino también desde lo académico y lo filosófico se ha señalado la importancia de lo afectivo en la definición del género, caso de Noël Carroll o, en nuestras tierras, de Miguel Carrera Garrido: «El terror […] se define por el efecto que aspira a producir en los receptores. Puede parecer una frase perogrullesca, casi tautológica, pero, a la hora de la verdad, no existe gran consenso sobre la naturaleza de tal efecto ni de los elementos y recursos que se usan para alcanzarlo» (El miedo llama a tu puerta. Estudios sobre el terror como género ficcional, Ediciones Trea, 2024). De este modo, nada como la sinestesia, esa figura que permite traspasar y anular las fronteras entre los sentidos para así salir del mero estado material: «Cuando entré en el baño del hotel y me miré en el espejo, toqué mis labios, mi frente. Había algo en el tacto. Parecía que la experiencia sensorial no me revelara una verdad. Al tocar la aspereza de la barba en las mejillas incurría en una especie de error. No percibía la materia, sino el espesor que me separaba de esta. Las dos veces que escuché su voz, mencionaba el cuerpo, se refería a este como un lugar que no se hacía accesible, un lugar hostil». Fragmentos como este demuestran lo inquietante de su obra. Y es que Maximiliano Barrientos es una de las voces más únicas e incontestablemente osadas de las letras hispánicas de nuestro tiempo. Léanlo.
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