Las voces críticas con la llamada «dictadura woke» y autoproclamadas víctimas de la cultura de la cancelación desde tribunas con un gran alcance mediático (que cubren un amplio espectro que va desde el varón blanco heterosexual acostumbrado a ocupar una posición preminente en todos los espacios en los que se mueve al movimiento denominado como feminismo radical trans-excluyente), se han sentido profundamente atacadas por la nueva temporada de una serie que lleva en antena desde principios de los años sesenta.
Y es que el regreso de Russell T Davies al universo de Doctor Who (BBC One, 1963-1989; 2005- ), después de propiciar su vuelta en 2005 y tras varios años dedicado a otros proyectos, supuso un aumento considerable de audiencia en Reino Unido con los especiales del sexagésimo aniversario, pero también recogió críticas negativas por la aparición de un personaje trans. Más allá de la relevancia mediática que se otorgó a estas críticas, sobre la que se ahondará más adelante, resulta realmente inconcebible, al menos para el que firma estas líneas (varón cis homosexual), el hecho de que una persona heterosexual pueda alegar que la representación de la diversidad forme parte de una agenda siniestra que pretenda subvertir un supuesto orden natural a favor del colectivo LGTBIQ+ (y podría considerarse incluso risible, si no fuese por el peligro que conlleva). Porque ¿es que acaso crecer en un entorno en el que los referentes mediáticos eran siempre heterosexuales y la representación de la homosexualidad quedaba relegada a la burla o a personajes antagónicos me ha hecho menos marica?
Del mismo modo que ver la serie protagonizada por Ncuti Gatwa no va a hacer que ningún telespectador caucásico sufra una mutación que oscurezca su piel (ni el deseo de someterse a ningún tipo de tratamiento que logre modificar su pigmentación), la representación de la diversidad no va a suprimir la heterosexualidad de nadie. ¿Dónde está el revuelo entonces? ¿Por qué ese pábulo mediático que llega a afirmar en varios titulares que la nueva temporada de Doctor Who revoluciona la franquicia con el primer beso entre dos personas del mismo sexo? ¿Es cierto esto? Si algo caracteriza al trabajo de Russell T Davies es la visibilización de identidades alejadas de lo normativo, como puede observarse en algunas de sus obras más conocidas, como Queer as Folk (Channel 4, 1999-2000), el tríptico formado por Cucumber (Channel 4, 2015), Banana (E4, 2015) y Tofu (All 4, 2015) o la más reciente It’s a Sin (Channel 4, 2021), sobre la que escribí un texto hace unos años en este mismo medio. Además, entre los múltiples spin–offs desarrollados a partir de Doctor Who, destaca la fantástica Torchwood (BBC Three, 2006; BBC Two, 2008; BBC One, 2009-2011), que, junto a Years and Years (BBC One, 2019), me sirvió para establecer una cronología en la evolución de las representaciones queer en la ciencia ficción televisiva británica en una investigación publicada en la revista de teoría y literatura comparada 452ºF.

Observando, por tanto, la obra de Davies en su conjunto, ¿es posible que hasta finales del pasado año no hubiésemos podido encontrar identidades no normativas, tan presentes en todo su trabajo, entre los personajes de Doctor Who? Sin entrar en el análisis de la primera etapa de la serie, emitida entre 1963 y 1989 (y donde pueden observarse prisioneros con triángulos rosas, alienígenas intersexuales y una gran cantidad de tramas con interpretaciones subtextuales de clara intencionalidad queer), en los alrededor de doscientos episodios (incluyendo especiales) emitidos desde 2005, ¿no ha sido hasta las navidades pasadas que el fantasma de lo woke ha decidido atacar al telespectador, aterrándolo con imágenes de representación no normativa?
Tras la emisión de The Star Beast (Rachel Talalay, 25 de noviembre de 2023), varios medios se hacían eco de las ciento cuarenta y cuatro quejas recibidas por la BBC debido a la inclusión de un personaje transexual en la trama principal. Estas reacciones (que ya habían llegado a la cadena por producciones anteriores, como las referidas a la última temporada de Torchwood en 2011, tildando de pornografía la inclusión de una trama romántica homosexual), que coparon titulares en medios digitales a finales del año pasado, se referían a ciento cuarenta y cuatro quejas frente a los más de siete millones y medio de espectadores que vieron el especial en Reino Unido (o, lo que es lo mismo, representaban el sentir de menos del 0,002 % de la audiencia). Si bien la respuesta de la BBC fue contundente con respecto a los valores que ha querido transmitir siempre la serie, posicionándose en contra de dichos comentarios, la repercusión en medios de estas quejas, difundidas a través de artículos en los que prima el clickbait no contextualizando en el titular su escasa representatividad, contribuye a magnificarlas.
De esta forma, el ruido generado es comparable al derivado del beso entre el Doctor interpretado por Ncuti Gatwa y un personaje masculino en la temporada emitida en 2024. Pero, ¿por qué este beso? ¿Se trata de la primera muestra explícita de afecto entre personajes no heteronormativos? Podría ser… si no tuviésemos en cuenta infinidad de detalles, situaciones y personajes que, obviando esa primera época de la serie, pueblan las historias desarrolladas desde 2005. Como Lady Cassandra, que, en The End of the World (Euros Lyn, 2 de abril de 2005), segundo episodio de la primera temporada, hace referencia a su infancia como niño (en masculino). O el matrimonio formado por Madame Vastra y Jenny Flint, personajes recurrentes a partir de la sexta temporada. O la referencia que Clara Oswald (acompañante de las versiones del Doctor interpretadas por Matt Smith y Peter Capaldi) hace a Jane Austen y a sus besos en The Magician’s Apprentice (Hettie MacDonald, 19 de septiembre de 2015). O el flirteo entre Shakespeare y el Doctor encarnado por David Tennant en The Shakespeare Code (Charles Palmer, 7 de abril de 2007). O Bill Potts, acompañante del Doctor durante la décima temporada, emitida en 2017, cuya sexualidad queda clara desde el primer episodio, siendo su beso con Heather uno de los momentos más emotivos de toda la trama desarrollada en los doce capítulos en los que aparece. O un beso más, el de Adam y Jake en Praxeus (Jamie Magnus Stone, 2 de febrero de 2020). O… ¿seguimos?
¿Es posible entonces que esta ola reaccionaria provenga de implicar explícitamente al Doctor en dichas situaciones? ¿Olvida por tanto el espectador The Parting of the Ways (Joe Ahearne, 18 de junio de 2005), último episodio de la primera temporada? En este, tras despedirse de Rose Tyler con un beso en los labios, Jack Harkness hace lo propio con el Doctor interpretado en esta ocasión por Christopher Eccleston. Por tanto, más que ante un aumento en la representación de identidades diversas, nos encontramos ante un contexto de recepción cada vez más hostil frente a esa diversidad. En una temporada en la que el Doctor, acompañado por Ruby Sunday, se ha enfrentado a corporaciones que han fomentado un conflicto armado con el único objetivo de maximizar su beneficio económico, ha salvado a bebés generados artificialmente en una granja espacial y abandonados tras su nacimiento o ha visto cómo una serie de jóvenes miembros de una élite adinerada rechazaba su ayuda considerándolo un ser inferior, ha encontrado también un enemigo fuera de las pantallas.

La queja continua sobre el supuesto silenciamiento al que se ven sometidas las voces que han ostentando históricamente el poder y ese clamor contra una cultura de la cancelación inexistente se basan en la premisa de que señalar un comportamiento inapropiado es sinónimo de censurarlo. Pero, precisamente por eso, obvia lo más importante: no puede ejercerse la censura desde una posición distinta al poder. Criticar un comportamiento racista, sexista, homófobo, tránsfobo… no puede implicar en ningún caso censura; ese no callarse ante la desigualdad puede poner de manifiesto, en todo caso, un hartazgo frente a dinámicas históricas de silenciamiento de ciertos sectores de la población marginados (en los márgenes) en aras de una primacía blanca y heterosexual (sin obviar en ningún caso el componente de clase). Si, como varón homosexual, resalto tu homofobia, no me callo, pero tampoco te censuro; si una persona racializada señala actitudes racistas, no se calla, pero tampoco censura… El señalamiento puede ofender a aquel que, o bien creyéndose poseedor de la verdad o bien negándose a dejar de ostentar un privilegio autoarrogado, debe convivir con personas que deciden no callarse; pero señalar esa clase de comportamientos desde una posición marginal, por más que seamos muchos los que nos encontremos en los márgenes, jamás podrá ser censura como, por otra parte, se ejerce desde el poder (político, económico, ideológico) frente a obras consideradas no actas para el público.
Que un actor racializado abiertamente queer protagonice Doctor Who es síntoma de la existencia de una representación diversa y plural en el ámbito televisivo, del mismo modo que el hecho de que la franquicia (tanto a través de la serie como en todos sus productos derivados) muestre distintas identidades en sus tramas. Y, lo especialmente relevante de esto, a pesar del ruido que pretenda generarse con términos como el de «inclusión forzada», es la posibilidad de que el conjunto de espectadores pueda verse reflejado en las ficciones con las que se encuentra al otro lado de la pantalla. La importancia de la representación radica en que actúa contra el silenciamiento y la discriminación, algo fundamental para romper el privilegio que, desde su posición, estructura un discurso reaccionario mediante el que pretende mantener su posición de poder.

En la cabina del doctor, mucho más grande en el interior que en el exterior, cabe cualquiera, a pesar de que aquellos que se consideran superiores rechacen entrar y prefieran dirigirse hacia un futuro que únicamente les augura la extinción. Y es precisamente esto lo que hace que el planteamiento de esta nueva temporada, que en nada difiere de las anteriores, confirmen la relevancia de la serie en el contexto actual.