Sobrecoge ver en Cómo cazar a un monstruo (Carles Tamayo, 2024) a varias de las víctimas dando su testimonio con el tono de voz modificado y sin querer mostrar el rostro, mientras su abusador, un pederasta con un narcisismo que aterra, da la cara sin remordimientos y firma delante de las cámaras todo consentimiento para que puedan grabarlo, a pesar de haber sido condenado. Afortunadamente, su impunidad termina y acaba detenido, aunque no muestra ni una mínima señal de arrepentimiento. De hecho, es probable que se encuentre en su celda bramando contra quienes se fueron de la lengua. En cambio, sus víctimas cargarán con un trauma de por vida, aun con la justicia de su lado. Unas contarán lo sucedido mediante la máscara del anonimato, ocultas tras una vergüenza que no deberían tener; sin embargo otras, una mayoría, callarán, sin fuerzas para hallar la manera de exorcizar esos archivos endemoniados que se niegan a acabar en la papelera de reciclaje de su mente, por temor al otro juicio: el de los demás. «Hay algo muy peligroso, y es cogerle miedo a las palabras. Entonces dejas de decirlas, y se quedan dentro de ti como un pelo mal arrancado que se convierte en forúnculo», dice Laura C. Vela en Seismil, el nuevo asterisco de la editorial niños gratis* (espero haberlo escrito bien). Un libro que trata el proceso de escritura como un «hacer público algo que normalmente no quieres que lo sea, pero hacerlo bajo tus condiciones».
Recurre Laura C. Vela a su propia experiencia traumática: a la violación que sufrió con doce años; y bucea, asumiendo los riesgos que ello conlleva, en ese cómo contar un suceso tan oscuro, pero sobre todo en cómo contar el pasado en general: «Cuando escribo intento recordar, pero es como si estuviese todo escondido en algún lugar al que me cuesta mucho acceder». Ello le supone menear su cabeza cual hucha hasta que los recuerdos salen de ella (escenas de humillación y dolor, de verdades enterradas bajo mentiras, del descubrimiento de una misma, de la inocencia perdida, del amor adolescente, etc.) para luego tratar de transformarlos en una historia coherente. Labor compleja no solo por el revoltijo psicológico de rememorar semejante macedonia de recuerdos, sino también por la inestabilidad de la memoria: «Los momentos que recuerdo están a trozos, imágenes sueltas que no consigo conectar. No encuentro el hilo, a veces no sé qué vino antes y qué después». Y por ello la fragmentación, las elipsis, el polimorfismo, el paso de la voz propia a la de otros personajes, de la epístola vía email o los mensajes en redes sociales; porque la memoria es compleja y, por ello, la linealidad no resultaría creíble en Seismil: «Sobre las teclas del ordenador miro hacia atrás y me doy cuenta de dos cosas muy importantes: que el tiempo real no es algo lineal como nos contaron, pues el pasado, congelado, está fuera del tiempo, y se repite y repite y repite, y que las palabras construyen la historia de nuestras vidas».

Y de eso trata realmente Seismil: la memoria. De confesar, de contar una historia, de convertir imágenes en texto, del tono y del estilo que utilizamos para reconstruir y dar un hilo conductor al pasado a través de las palabras. También de lo complicado que resulta saber escogerlas para lo que queremos transmitir con ellas, pues, con sus significados múltiples, desviaciones léxicas y metáforas casuales, las palabras pueden ser tan liosas como los recuerdos. El título del libro, Seismil, se refiere a una cantidad de dinero, pero es un sustantivo que se utiliza para un tipo de montaña, las «que miden entre 6000 y 6999 metros sobre el nivel del mar»; lo comentan tanto la propia autora en el epílogo como Sabina Urraca en el prólogo (editora además del libro, y digo libro porque resulta más sencillo llamarlo así que encasillarlo en un género literario). En verdad, la experiencia traumática es la excusa que utiliza Laura C. Vela para hablar de aprender a decir no y de establecer límites, del miedo a contar por el rechazo y la necesidad de pertenencia, del cuestionamiento de lo que contamos o de lo complicado que resulta comunicar.
Seismil atrapa y no te suelta. Su lectura deja un runrún de pensamientos que es jodidamente difícil de expresar (y menos en una reseña que ni siquiera llega a las ochocientas palabras). A veces cuenta desde la frialdad, mientras que en otras el tono del relato se acerca a esa sensación de un secreto imposible recién revelado, y lo hace de una manera sencilla, nada elevada, cruda pero sin recrearse en lo turbio (no huye del trauma, aunque no todo gira a su alrededor), y, por qué no decirlo, muy bella. De lo mejorcito que se ha publicado en 2025.
Puedes hacerte con este libro en tu librería preferida o en la web de Niños Gratis