«Desde que empezó el año me abordaba con frecuencia la sensación de que iba a pasar algo, de que crecería. No tenía muy claro lo que significaba del todo crecer, pero miré a mis amigas y pensé que ya no nos quedaban muchas más carreras jugando al escondite; que las burbujitas de mi estómago hablando con chicos o intentándolo era a lo que se jugaba desde que te venía la regla hasta que tenías hijos».
Nerea Bayón, Rapacinos
Rapacinos (2024), publicada recientemente por la editorial Binomio, es el debut literario de Nerea Bayón. A través de la personalísima voz de Nita, su narradora/protagonista, la novela habla de cómo esta joven que empieza a dejar de ser niña afronta los cambios, descubrimientos y decepciones que supone la llegada de la adolescencia. Charlamos con Nerea sobre el pasado, sobre Asturias, sobre furbis y obviamente sobre su fantástico libro.
Muchos son los temas que plantea tu novela. El primero de todos, y el más evidente también —pues Rapacinos comienza con la llegada de la regla a la vida de su protagonista (Nita)—, es el del paso de la niñez a la adolescencia. ¿Qué significa para una chica como Nita, que crece en un pueblo de Asturias entre finales de los 90 y primeros 2000, esta etapa de transición hacia el mundo adulto?
Creo que su contexto, como bien mencionas, es lo que provoca que Nita llegue a ciertas conclusiones. No tiene acceso a toda la información gracias a un móvil ni un grupo de amigos de su edad con quien compartir inquietudes en común, tampoco goza de una relación de confianza con sus padres… Son una serie de circunstancias que desembocan en que ella asuma por sí misma lo que implica crecer. A veces sus deducciones (basándose únicamente en la observación de su entorno) son totalmente erróneas (incluso cómicas) o muy tajantes, como si hubiese una línea invisible que le indicase que a partir de aquí esto será diferente. Sin embargo, otras realidades de la adolescencia no se las ve venir o ni si quiera es consciente de ellas.
Al hilo de esto que comentas, algo que llama poderosamente la atención en tu novela es lo bien que transmite los cambios de la adolescencia, no solo físicos sino también mentales. ¿No crees que Nita, como si de una bruja que recién descubre que lo es, empieza a adquirir la habilidad mágica de comprender aspectos del mundo adulto que antes no era capaz de captar, aunque aún se encuentra lejos de controlarla?
Sí, me ha gustado ese símil porque pienso que muchos lo hemos experimentado así, de alguna forma. Una vez somos conscientes de un pensamiento o sentimiento complejo llega esa primera catarsis tan propia de los adolescentes: sentimos que hemos madurado, que ya lo entendemos todo, y lo vivimos con tal intensidad que estamos absolutamente convencidos de que nadie está tan enamorado como nosotros ni ha sufrido tanto ni ha sido tan feliz, que nosotros somos diferentes al resto y que lo haremos mejor. Tenemos la certeza de que YA entendemos. Sin embargo, no, hay otras cuestiones que, como Nita, las descubrimos casi sin enterarnos, sin ponerles un nombre y no sabemos qué debemos hacer con ellas. Convertirse en un adolescente es en sí mismo un superpoder que (con suerte) poco a poco vamos domando. Creo que no se trata de saber, sino de intuir.

Otro asunto que también está presente es la nostalgia, ya sea mediante referencias culturales y a objetos de la generación millennial o a través de su ambientación —ninguna estación del año la representa mejor en la ficción que el verano—. ¿Eres nostálgica? ¿Qué puedes contarnos sobre este sentimiento?
Soy toda nostalgia y creo que, aunque hay cierta belleza en ello, me gustaría serlo menos. Siempre me ha obsesionado la muerte, y (quizá más aún que la propia muerte) lo que nos queda en esos momentos previos, siendo conscientes de que ya nos queda poco tiempo. Creo que me inquieta tanto olvidarme de lo importante y pasar la vida de largo ocupándome de cosas absurdas o que no significarán nada, que prácticamente vivo coleccionando momentos bonitos, como si fuesen conchitas que se recogen en un paseo por la playa. Me he imaginado infinidad de veces muy anciana en mi cama haciendo una especie de valoración de la vida que he vivido (un poco como ese recap y highlights del año que hacemos cada diciembre), así que procuro cosechar algo día a día con la esperanza de que signifique algo en el futuro.
Me encanta volver al pasado, hablar de recuerdos, ver álbumes, incluso reírme de las mismas bromas. Cuando somos niños no entendemos por qué los mayores cuentan siempre las mismas cuatro o cinco anécdotas en cada reunión, es siempre lo mismo y sin embargo todos escuchan con atención y se ríen como si nunca lo hubiesen oído antes. Una vez creces y hace aparición la nostalgia lo comprendes. Puedes vivir décadas, y al final es solo un poquito lo que se recuerda y menos aún aquello que vale la pena contar. Yo también quiero ser una vieja con mi puñado de historias particular y me asusta que el paso del tiempo difumine o borre por completo algo valioso. Cuando era pequeña y me explicaron que mi abuela tenía Alzheimer y lo que significaba me dio miedo. Me dediqué los días posteriores a escribir sin parar en un cuaderno todos los recuerdos de mi corta vida que yo consideraba importantes, por si a mí me pasaba lo mismo. No sé si también ese será uno de los motivos por los que recojo pequeños tesoros «de recuerdo», hago muchas fotos, grabo muchos videos, seco alguna flor del ramo antes de que se marchiten y escribo. Procuro que todo sea lo más eterno posible, que no desaparezca nada. Eso es un problema muy grande, porque el mundo es movimiento y cambio constante, y a veces creo que simplemente no lo soporto. La nostalgia es un refugio para ello, pero también un poco martirio, porque me recuerda la broma macabra que es la no-permanencia de cualquier cosa que me haya hecho feliz. Soy nostálgica porque quiero que todo sea para siempre, incluso lo que no puede ser.
Sin embargo, me atrevería a decir que la de Rapacinos no es una nostalgia idealizada, al menos como suele presentarse actualmente: referencias culturales porque sí y todo pasado fue mucho más guay. Están los furbis, los tazos, las canciones de Estopa, los primeros amores, pero también las primeras decepciones, las primeras marchas, por no hablar de cómo se actuaba ante la violencia de género. ¿Me equivoco?
No, estás en lo cierto. Yo quería escribir una historia totalmente realista, así que no pude tirar de nostalgia y ya está porque eso sería mostrar solo una cara de la moneda. De la parte bonita ya se ocuparon los buenos recuerdos que atesoro de la época, esa fue la parte fácil. Pero la vida no son solo esos cachitos, tuve que crear una realidad completa y, por tanto, compleja. Así que está también su parte mala, más amarga (la que queremos desechar de nuestra memoria) porque supone aceptar que también existe algo negativo en los 2000, en los pueblos, en los niños, en las familias, en la amistad… Y por último están esos callejones en los que te pierdes o no tienen salida. Esas realidades que una no sabe si son buenas o malas porque no se pueden categorizar de forma tajante, bien porque no las entiendes del todo o están tan llenas de matices que nos dedicamos simplemente a darles su lugar, concederles la oportunidad de hacer acto de presencia sin juzgar. La vida son muchas cosas juntas, esto es así independientemente del contexto.

Algo que está fenomenalmente reflejado, y que para mí es EL TEMA, son las habladurías: lo que se dice de otro, lo que se opina de alguien en base a esto que otros dicen, el preguntarse por la vida de otros, las rivalidades entre grupos (amistades, familiares), etc. Da la impresión de que igual es el asunto que más te ha interesado abordar, ¿cierto?
Sí, es uno de los pilares fundamentales. De hecho, considero que se puede hacer una lectura del libro tomando como guía esa premisa y verás que todo lo que ocurre se basa en eso. Existen equipos o bandos: La Nita del cole y la del pueblo, Nita y su madre, Nita y sus amigas, Nita y su prima, la Nita niña y la Nita adolescente. Los adultos y los niños, los grupos de niños entre ellos, las familias entre sí, los ricos y los pobres, los creyentes y los ateos, los payos y los gitanos, las mujeres y los hombres, David y su hermano, David y el pueblo entero… Estás en lado o en otro, y la historia se construye en función de lo que se dice de cada uno y en qué grupo estés. Como narradora, Nita nos cuenta sus impresiones sobre el resto, y vemos cómo la mayoría de las veces ya están esos prejuicios instaurados por lo que ha escuchado, lo que se comenta por ahí y sus deducciones al respecto. Es, en base a lo que se dice de ti y el bando en el que te encuentres, como se construye tu reputación en el pueblo.
En cuanto al aspecto formal-estilístico, aparte de la voz en primera persona de Nita, caben destacar las descripciones de los objetos y de otros personajes —por ejemplo, cómo ella habla de alguien y de lo que le transmite por el sabor del helado que escoge— y también el uso de asturianismos, tanto en léxico como gramática —el propio título de la novela, por ejemplo—. ¿Qué nos puedes contar de este aspecto? Al margen de porque obviamente esté ambientada en un pueblo de Asturias, ¿te interesan las variedades geográficas de habla?
Sí, me parece siempre algo muy enriquecedor e interesante, y también creo que está bien dejar constancia, que quede reflejado no solo en literatura, sino en la cultura en general. Pero, siendo honesta, el motivo para incluir ciertas expresiones y palabras fue simplemente porque la historia se desarrolla en un pueblo asturiano y es una historia realista, de modo que no había motivo para ficcionar la parte del habla. Yo quería que la historia ocurriera en Asturias y por tanto incluí léxico asturiano, no fue al revés.
Respecto a la voz en primera persona de Nita, creo que es el alma del libro y lo que le da autenticidad a la propia historia. Rapacinos es lo que es por la personalidad de la narradora. Sus conclusiones, sus pensamientos, inquietudes, la manera en la que ella observa el mundo y lo entiende, aquello a lo que le presta atención… Es algo peculiar.
Por último, no te voy a preguntar por los referentes que creo haber visto en tu novela, sino por quiénes crees que te han inspirado a escribirla. Y añado algo más: ¿qué estás leyendo últimamente?
No sé si decirte que me inspiró a escribirla alguien, pero siempre se me viene a la mente Elvira Lindo con su Manolito Gafotas, que creó historias que hacían reír a niños y mayores. Descubrirla fue un momento clave en mis andaduras con los libros y la escritura. Cuando escribí la novela me acordé mucho de Manolito y mi profesora de primaria que era quien nos lo leía, pero creo que mis propios diarios de niña son lo que más me ha marcado a la hora de escribir esta novela en concreto.
He terminado (y me han gustado) hace poco Un amor (Sara Mesa), Hola, stranger (Chloé Wallace) e Intermezzo (Sally Rooney). Ahora estoy leyendo La ridícula idea de no volver a verte (Rosa Montero), Cuentos góticos (Emilia Pardo Bazán) y algún cuento ilustrado y novela gráfica que me va prestando una amiga (le encantan, y quiere meterme en ese universo). La poesía no la leo del tirón, sino que leo algún poema de vez en cuando. Ahora mismo estoy con Gloria Fuertes y Sylvia Plath, dependiendo del momento.
Muchas gracias por atendernos, Nerea.
Puedes hacerte con este libro en tu librería preferida o en la web de Binomio.