Recorrido por las circunvoluciones del cerebro de la mano de Julián Génisson

Escribe Juan Gallego Benot en La ciudad sin imágenes sobre lo que viene a denominar como el «Dilema Génisson» haciendo referencia a un artículo publicado por Julián Génisson en Medium, en el que el autor (cuyo nombre de usuario en este servicio de blogs es @vil.gusano) comenzaba referenciando un reportaje de la televisión pública en el que se hablaba del confinamiento de las personas adineradas para acabar escribiendo sobre el concepto de «vaciamiento absoluto», la necesidad de «ocupar el menor espacio posible, cambiar de sitio la menor cantidad de cosas posible e ingerir la menor cantidad de porciones de materia posible, incluso hablar lo más bajo posible». Este dilema, esta necesidad de cambiar lo menos posible, se constituye para Gallego Benot como la causa primordial de la ciudad y la negación de una separación posible del espacio urbano al de la naturaleza: huir al campo implica llevarse la contaminación inherente a la ciudad, anular la esencia misma de la naturaleza, arrastrar la ciudad tras de sí, como si del caparazón de un caracol se tratase.

No obstante, la vida en la ciudad (o en determinadas ciudades) no deja de construirse en torno a la hostilidad hacia sus habitantes (contaminación, gentrificación, promoción desaforada de un turismo destructivo…), por lo que es habitual que el ciudadano añore un entorno diferente, alejado del bullicio de la urbe. Y es por eso que, después de varios años en el ámbito rural, tras mi regreso a Madrid la ciudad se me antoje como algo cada vez más ajeno. Pero, por destacar algo positivo, la posibilidad de encontrar una librería de barrio desconocida a la vuelta de la esquina siempre es algo que sirve para suavizar esa hostilidad en medio de un paseo urbano.

En una de mis últimas incursiones, y pensando que no iban a tenerlo, se me ocurrió preguntar por Cerebroleso, libro de relatos de Julián Génisson publicado por Libros Walden hace ya cuatro años, siendo sorprendido por el librero que, sin dudar, se dirigió a la sección de ciencia ficción para indicarme dónde se encontraba el único ejemplar que tenía disponible. Sorprendido por esa certeza a la hora de dirigirse al estante correspondiente solo con mencionar el título, pero también por su inclusión en la sección de ciencia ficción (sin haber leído previamente más que el resumen disponible en la página web de la editorial).

Julián Génisson (Madrid, 1982) es cineasta (su película Inmotep (2022) todavía puede encontrarse programada en distintos festivales) y actor (el Hugo Vartan protagonista de Berserker (Pablo Hernando, 2015) puede considerarse el paradigma de ese vaciamiento absoluto, fruto una sociedad postcrisis y una situación económica precaria que hace que tenga que alimentarse únicamente de patatas, café y cigarrillos), además de escritor. Pero, si bien toda su obra puede englobarse dentro de un ambiente de extrañamiento extremo, en principio me resultaría extraño ubicarla dentro de la ciencia ficción.

Su experiencia como creador audiovisual queda patente en la presentación de los relatos que componen el libro, que se articulan como piezas fragmentarias de un mismo universo y que, más allá de lo conceptual, juegan también con la forma, como en el cuarto, Spiderman.srt, transcripción de un archivo de subtítulos con su código de tiempo incluido. Y ese cambio de formato, nada casual, ahonda en esa sensación de continua desubicación que parece envolver a todos los personajes (y al lector mismo), jugando a darles los mismos nombres en diferentes relatos, relacionándolos, pero también produciendo un nuevo nivel de extrañamiento al no ser capaz de averiguar si se trata de los mismos seres en temporalidades distintas o una predilección del autor por determinados nombres.

Su experiencia como creador audiovisual queda patente en la presentación de los relatos que componen el libro, que se articulan como piezas fragmentarias de un mismo universo y que, más allá de lo conceptual, juegan también con la forma

Daniel Ferrera

Cerebroleso, título que encontramos en una nota a pie de página del tercer relato, incluye también instrucciones de uso (que van desde leer una de las historias «con la voz de un enemigo» a leer otra (afortunadamente corta) aguantando la respiración) y, no sé si de forma intencionada o no, consigue sacar una sonrisa en el momento más extraño (al menos desde mi experiencia lectora, en la que muchas veces me posicionaba del lado del narrador racional que veía como obviedad aquello que para el resto de personajes pasaba desapercibido).

Operaciones estéticas, lesiones cerebrales, exposiciones de arte contemporáneo, manos amputadas y muchas cosas más plantean situaciones verosímiles dentro de la extraña verosimilitud del relato construido por Génisson, en el interior de una ciudad (imaginaria o no) de la que, volviendo al dilema planteado por Gallego Benot, huir o correr a refugiarse en ella (y recorrer sus calles con los pies descalzos). El extrañamiento en el que habitan los personajes se vuelve cotidiano, mundano y su entorno es un espacio más reducido de lo que en realidad querrían creer (como en la vida (¿real?), donde la ciudad, en este caso Madrid, es más pequeña de lo que en principio parecería, algo que se constata a poco se comienza a indagar y se encuentran conexiones, relaciones, conocidos en común; sin ir más lejos, no conozco a Génisson, ni creo haber coincidido con él, pero sí a varias de las personas que participan en alguna de sus películas). Los nombres repetidos y los comentarios o situaciones que parecen remitir de un relato a otro contribuyen a crear esta sensación, con textos que, en ocasiones, parecen anotaciones para desarrollar proyectos más extensos y ambiciosos. Puedes hacerte con este libro en tu librería favorita o en la web de Libros Walden

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